Thelonious Monk, en su retiro

Fuente: elpais.com
Por: Antonio Muñoz Molina | 24-10-2009

Desde la ventana de la habitacion que abandono muy pocas veces en los ultimos años de su vida Thelonious Monk veia el rio Hudson y el perfil entrecortado de Manhattan. Cada mañana se vestia escrupulosamente con sus trajes bien cortados, sus grandes zapatos, sus calcetines y sus corbatas a juego, como si tuviera que acudir a alguna cita en la ciudad, y a continuacion se tendia en la cama, y se pasaba el dia mirando el techo, o se incorporaba sobre los almohadones doblados para mirar la television. Su programa favorito era la version americana de El Precio Justo. El pianista Barry Harris, que vivia en la misma casa, y que ensayaba en una sala proxima, se asomaba a veces a la habitacion de Monk y al verlo inmovil y formal encima de la cama pensaba que parecia un muerto en su ataud. La casa estaba en Nueva Jersey y habia pertenecido al director de cine Joseph von Sternberg. Su dueña era ahora la baronesa Pannonica de Koenigwarter, que llevaba años dedicando su vida y su fortuna a proteger a musicos de jazz, y que en 1955, en su apartamento del hotel Stanhope de Nueva York, habia acogido a Charlie Parker, enfermo y desahuciado. Mientras la baronesa Pannonica le preparaba algo de cena o una bebida Parker estaba en el sofa mirando un programa comico que le gustaba mucho. Se le paro el corazon en medio de un ataque de risa.

Ahora Pannonica o Nica vivía retirada en Nueva Jersey en compañía de sesenta gatos y desde 1976 tenia como huesped a Monk, que llevaba todo ese tiempo sin tocar el piano, sin hacer nada, solo levantarse cada mañana y vestirse y volver a tenderse en la cama recien hecha para mirar al techo o volver los ojos hacia la ventana en la que se recortaba cada dia la silueta azulada o diluida en la niebla de la ciudad en la que habia crecido y pasado la mayor parte de su vida, y a la que no iba a volver, teniendola tan cerca. Le gustaba a veces dejar la puerta entornada para escuchar a Barry Harris tocando el piano. Tambien se daba algún paseo por el bosque cercano a la casa. Cuesta imaginar a Thelonious Monk caminando por un sendero en un bosque, grande y solo, incongruente con su traje de ciudad y su falta de costumbre de frecuentar la naturaleza, alguien crecido en las calles peligrosas del West Side de Manhattan, aclimatado muy pronto a la tiniebla de los clubes, los callejones, las esquinas nocturnas. Caminaria con una torpeza urbana agravada por la enfermedad, con algo de sonambulismo, con la mirada ausente y la expresion ensimismada, atento tal vez a los rumores del viento en las hojas y a los cantos de los pajaros, el que habia tenido desde niño un oido tan sutil para la musica, y que ahora parecia haber dejado de necesitarla. Cómo seria ir por uno de aquellos senderos y encontrar de pronto a Thelonious Monk, con su mirada fija y bovina, quizas con un sombrero o un gorro estrambotico, si es que no habia prescindido tambien de esa costumbre, la de coronar su figura con un tocado en el que siempre habia algo de pagoda o de bonete o solideo de alguna orden monacal, de un sacerdocio absurdo que el hubiera adoptado con la misma seriedad con que Buster Keaton se empeñaba en sus tareas imposibles.

Algo de imposible hubo siempre en la musica de Monk, una cualidad tortuosa y chocante que durante muchos años desconcerto a quienes la escuchaban y que todavia mantiene el filo de su novedad. La pulsacion de una sola nota basta para identificarlo. Delicadeza y disonancia se superponen provocando ondulaciones sonoras que duran en los espacios de silencio. Con cuatro o cinco notas ya se ha establecido una melodia que tiene una parte de dulzura y otra de burla y de tentativa en el vacio. Cuando Monk era un adolescente paso dos años acompañando al piano a una predicadora evangelista ambulante, una de aquellas iluminadas que daban sus sermones en graneros o en pobres salones de alquiler en los pueblos segregados del Sur y enardecian a los fieles con el fuego de una oratoria biblica que se convertia sin transicion en canto africano de llamada y respuesta. El joven Monk acompañaria los himnos tocando harmonios o pianos viejos sin afinar a los que les faltaban teclas y observaba de cerca la perduracion de los ritmos y las melopeas clamorosas venidas de Africa, mezcladas con la herencia musical europea en una aleacion que era el rio originario del negro spiritual, el blues y el jazz. Años despues, cuando ya era un musico conocido, sus estridencias y sus invenciones sonoras no se alejaron nunca del tronco de los blues, y sus lentas danzas de oso sobre el escenario mientras los otros seguian tocando tenian algo de ritual antiguo y posesion, como de trance de iglesia baptista.

Otros se extenuan en vano queriendo lograr a base de aspavientos y de imposturas algún simulacro de originalidad. Thelonious Monk no se parecio nunca a nadie. Crecio en la digna pobreza de la clase trabajadora negra que emigraba desde el Sur agrario, atrasado y racista a las capitales industriales del Norte y siguio siendo pobre, con periodos cortos de relativo bienestar, hasta el final de su vida. En un pequeño club de Harlem, Minton’s Playhouse, en los primeros años cuarenta, empezo a tocar como no lo habia hecho nunca nadie, pero el credito por la gran transformacion del jazz que tardo mucho todavia en llamarse bebop se lo llevaron sobre todo Charlie Parker y Dizzy Gillespie, mientras el permanecia en la pobreza y en la sombra. Parker y Gillespie lo trastornaron todo acelerando al maximo la velocidad y exagerando el virtuosismo: Monk prefirio la apariencia de sencillez, las lentitudes contemplativas. Invento una musica en la que otros brillaban más que el y una estetica personal que se convirtio en moda: la boina, las gafas de sol en plena noche, la perilla de cabra. Jugaba al tenis con la misma destreza desconcertante y versatil con que tocaba el piano y cuando tenía algo de dinero preparaba cazuelas de espaguetis con albondigas. A las personas que queria -su primer amor, Ruby, su mujer, Nelly, su hijo Toot, su hija Bo Bo- les dedico pequeñas baladas llenas de una ternura como de canciones de cuna, hechas con un arte tan meticuloso, tan liviano, como acuarelas de Paul Klee.

Robin D. G. Kelly le ha dedicado ahora una extraordinaria biografia, Thelonious Monk, The Life and Times of an American Original. La mejor manera de leerla es escuchando de fondo los discos de Monk, sintiendo en cada nota del piano, como en una sesion de espiritismo, una presencia que el paso de los años no desdibuja. Pero cuando acaba la musica y uno cierra el libro la presencia no cesa. El silencio tambien tiene que ver con Thelonious Monk, que eligio recluirse en el al final de su vida, estragado por la enfermedad y el agotamiento: un silencio que segun el decia es el ruido mas estruendoso que existe en el mundo.

Thelonious Monk, The Life and Times of an American Original
Robin D. G. Kelly
Free Press, 2009. 608 paginas.

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