Este martes se cumplen 100 años del nacimiento de Billie Holiday, la cantante más definitiva de toda la historia del jazz.
elmundo.es/cultura | Pablo Sanz | abril 4, 2015
Se dice que el dolor agudiza la creatividad, por lo que no extraña que su vida fuera una obra de arte constante y entera. Y es que más que en el dolor, ella vivió en una herida abierta que supuró talento, crueldad y humillaciones a borbotones. Billie Holiday (Philadelphia, 1915 – Nueva York, 1959), la cantante más definitiva de toda la historia del jazz, no fue un juguete roto, sino una chica con una sombra permanente de mala suerte, tanto por la época y la sociedad en la que hubo de sobrevivir como los amores errados a los que se abrazó. Ella misma dijo en su autobiografía ‘Lady sings the blues’ (Editorial Tusquets): «Puedes ir vestida de raso, con gardenias en el pelo y no ver una sola caña de azúcar en varios kilómetros a la redonda y, aun así, seguir trabajando en una plantación». Lady Day hubiera cumplido este martes 100 años.
Jose James y Cassandra Wilson han sido los dos primeros artistas que han entregado estos días nuevo disco conmemorando el centenario del nacimiento de Billie Holiday, ‘Yesterday I had the blues’ y ‘Coming forth by Day’, respectivamente. La también cantante Cecile McLorin actuará en su homenaje en el Licoln Center de Nueva York y ya se avecina una nueva biografía, ‘Billie Holiday: The musician and the myth’, que se sumará a publicaciones como la mencionada ‘Lady sings the blues’ o la magnífica ‘Con Billie’ (Global&Rhythms), escrita por Julia Blackburn e inspirada en el prolijo y amplio material que acaparara en su día la periodista Linda Kuehl.
En este siglo han aparecido voces maestras en el jazz, incluso voces que bien pueden rivalizar en audacia y emoción con el lamento vocal de la Holiday. Y, sin embargo, todavía está por descubrirse una cantante que concite tanta unanimidad en torno a una canción tan arrebatada como arrebatadora. Y tan herida, porque no se entiende cómo esta mujer fue capaz de vivir en la cima del jazz golpeada de tanta desgracia. Se insiste: Billie Holiday, a pesar de sus excesos, no fue lo que llamamos un juguete roto, sino una mujer que caminó por la vida sin desaliento, a pesar de las muchas piedras que se encontró -y le colocaron- a cada paso.
Sabida es esa infancia fracasada, que pronto la colocó, no ya en la adolescencia, sino en la madurez de una cría que descubrió en su voz y en el jazz la única posibilidad de ser feliz. Un rato, un ratito, porque profesionalmente también tuvo que aguantar lo suyo, como mujer y como negra. Fue violada cuando tenía 10 años y hubo de cambiar la bicicleta o el balón por el cepillo y la fregona, limpiando en un burdel que -cosas del destino- le permitió escuchar a Bessie Smith y Louis Armstrong a través de una jukebox que entretenía a la clientela mientras esperaban turno. Puede decirse que el blues y el jazz salvaron a aquella niña de entregarse plenamente a la prostitución.
En ese tiempo, claro, Billie Holiday era Eleanora Fagan, hija de Sadie Fagan y un músico de jazz, Clarence Holiday, que pronto abandonó a su suerte a sus dos mujeres: «Mamá y papá eran un par de críos cuando se casaron, él tenía 18 años, ella 16 y yo 3. Fue un milagro que mamá, Sadie Fagan, no fuera a parar al correccional y yo al reformatorio. Pero ella me quiso desde el mismo instante en que notó en su vientre un suave puntapié mientras fregaba suelos».
Así pues, la niña huyó de aquellas malas sombras buscando un futuro todavía incierto en Nueva York. Tenía 13 años y su primer intento como artista tuvo lugar en el Pod’s and Jerry’s de la calle 133, primero como bailarina, luego como cantante; en la prueba que le hizo el dueño del local interpretó ‘Travellin’ all alone’, conmoviendo a todos los asistentes. Ella lo recordó en sus memorias: «Si a alguien se le hubiera caído un alfiler, habría sonado como una bomba. Cuando finalicé, todos aullaban y levantaban sus vasos de cerveza». En aquel momento nació Billie Holiday, nombre que Eleanora tomó de Billie Dove, la gran estrella del cine mudo y, en aquel momento, el espejo de todos los sueños que la cantante tenía. Su segundo apodo, ‘Lady Day’, se lo puso el gran amor de su vida, mal correspondido, el saxofonista Lester Young, con el que compartió tantos escenarios y tantas grabaciones.
Sobre el escenario Billie Holiday era toda luminosidad, volviendo a la cruda realidad cuando se bajaba de él. No se la permitía ningún contacto en el público blanco, tenía que acceder a los locales por la puerta de atrás, cobraba menos que sus compañeros… A ello se le sumaba su adicción a la heroína, que la granjeó numerosos problemas y un paso por la cárcel de cruel recuerdo, por no hablar de las parejas que tuvo, maltratadores de profesión, tipos mafiosos, crueles, a los que retrató en canciones como ‘My man’ o ‘Ain’t nobodys business’. Pronto captó la atención de una de las orquestas de swing de mayor éxito en aquel Estados Unidos de 1933, la de Benny Goodman -por mediación del productor John Hammond-, para encontrarse cuatro años después integrada en esa maquinaria mucho más jazzística y fogosa que fue la de su admirado Count Basie, donde conoció al mencionado Lester Young.
Llegado ese momento, Billie Holiday ya había hecho de su voz un lamento vocal con una hondura emocional mágica, con una sensibilidad en el fraseo realmente única e irrepetible. Se dice que nadie como ella pronunciaba con tanta emoción desgarrada las palabras «love» o «baby». «Trato de improvisar como Louis Armstrong o Lester Young. Lo que sale es lo que siento. Odio las canciones en línea recta. Tengo que cambiar los tonos y ajustarlos a mi propia forma de entender la música. Esto es todo lo que sé».
Entre 1935 y 1942 ‘Lady Day’ registró más de 100 grabaciones. Luego estuvo incrustada en el conjunto de Artie Shaw y, en el medio, en 1939, su primera presentación como líder, en el Cafe Society del Greenwich Village neoyorquino, que incluyó un tema que le acompañaría hasta el final de sus días, Strange Fruit: «De los árboles del sur cuelga una fruta extraña / sangre en las hojas y sangre en la raíz / cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña». Strange Fruit fue elegida por la revista ‘Time’ como la mejor canción del siglo XX en 1999.
En 1954 realizó una gira por Europa que acentuó esas luces y sombras que marcaba la línea del escenario, firmando en 1957 una sesión antológica para un programa televisivo de la CBS, ‘The sound of Jazz’ (junto a sus queridos Ben Webster, Lester Young y Coleman Hawkins, entre otros) y registrando al año siguiente un colosal álbum, ‘Lady in Satin’, antes de su muerte y ya cansada -que no derrotada- de la vida.
En ese tiempo postrero las penurias no dejaron de abrazarla y las humillaciones racistas y persecuciones policiales tuvieron lugar incluso hasta cuando daba su último aliento en el Metropolitan Hospital de Nueva York un 17 de julio de 1959, donde recibía una denuncia a los pies de su cama. Dejó registradas cerca de 300 canciones inmortales, hoy interpretaciones con muchos futuros, como ‘Night and Day’, ‘Lover man’, ‘Satin Doll’, ‘Blue Moon’, ‘All of me’, ‘Body and Soul’ o ‘Embraceable you’, así como composiciones propias como ‘I love you porgy’, ‘Fine and mellow’, ‘God bless the child’ o ‘Everything happens for the best’.
Billie Holiday tocó con toda la nobleza de músicos en la época más dorada del jazz, la de mediado el siglo pasado. Muchos de ellos acudieron a su funeral junto a 3.000 personas más; en su cuenta bancaria sólo había 70 centavos; en el cielo, toda la admiración de una familia, la del jazz, que quizás se sentía culpable por no haber hecho más por una de los suyos.
Hoy nos queda su legado discográfico y sus apariciones televisivas. También documentales como ‘Lady Day: The many faces of Billie Holiday’ (1990), del realizador Matthew Seig o el (prescindible) ‘biopic’ ‘Lady sings the blues’ (1972) de Sidney J. Furie y con Diana Ross en el papel de la cantante; el título, resulta evidente, tomaba su nombre de la autobiografía que Billie Holiday había escrito en 1956, con la ayuda de William Dufty, hoy de obligada lectura. La cantante también realizó sus pinitos en el cine, aunque con desiguales resultados, o hirientes, como aquella incursión cinematográfica de mediados los años 40, New Orleans, junto a Louis Armstrong, en la que, adivinen sus papeles… Sí, efectivamente, haciendo de criados…
Billie Holiday se abrazó al jazz para sobrevivir y nosotros, a menudo, demasiado a menudo últimamente, a ella.
El mítico sello de jazz se hace ‘mayor’ y lo festeja con un volumen de 400 páginas ilustradas.
elmundo.es/cultura
Pablo Sanz | abril 1, 2015
El paso del tiempo no hace sino confirmar que el deseo permanente de éxito fácil e inmediato nos está alejando de las verdaderas razones de nuestra existencia. En cuanto a cultura se refiere, lejos quedan los tiempos en los que el hecho artístico era la piedra angular de toda actividad profesional, la emoción primera de cualquier movimiento. Estos días llega a nuestras estanterías un libro que conmemora el 75º aniversario de uno de los sellos capitales del jazz, Blue Note, que nacía en 1939 de la fascinación por este género de su fundador, Alfred Lion. Se trata de una valiosa publicación en la que se relata la trascendencia de esta compañía en la historia moderna del jazz, no sólo del jazz, sino de otras tendencias culturales como el diseño.
‘Blue Note Uncompromising expression’ es un espectáculo de libro publicado en nuestro país por la editorial Blume, con 400 páginas ilustradas y un indudable valor documental (60 euros). El ejemplar está escrito por el periodista y promotor Richard Havers, un profesional de la aeronáutica atrapado por el veneno de la música que ha firmado proyectos parecidos en torno a la también legendaria discográfica Verve.
«Los fundadores de Blue Note crearon un modelo que han seguido otras compañías. Pero, sobre todo, el toque distintivo en el negocio discográfico es su autenticidad, que nace de la sólida creencia en la importancia de hacer bien las cosas».Wayne Shorter, antiguo artillero de Miles Davis y hoy gigante sin competencia del género, presume a su manera del quehacer vivido en primera persona de los directivos discográficos del sello, sumándose a un apartado de prólogos que luego completa una joven estrella, el pianista Robert Glasper y el actual presidente de la compañía, Don Was.
En esas primeras páginas, el lector ya intuye el espectáculo de libro que tiene entre sus manos, con varios collages de históricas portadas del catálogo de la nota azul. En este sentido, y contenidos jazzísticos al margen, las cuidadas producciones que incluían textos y diseños audaces, realizados por autores reputados como Reid Miles o Andy Warhol, y la intuición jazzística de Lion y Wolff, hicieron de Blue Note (marca que, ya se sabe, alude a la nota azul empleada para construir algunos de los giros melódicos más comunes del blues) el mejor sello independiente de jazz hasta finales de los 60. El calificativo encontró justo refrendo en el sonido exquisito de sus grabaciones y la calidad de sus producciones.
El libro, estructurado en siete capítulos, que recorren la historia del sello desde sus inicios hasta la actualidad, incluye en este sentido un rosario excelso de fotografías hermosas, tanto por su estética como por su valor documental, muchas de ellas firmadas por el que luego se sumaría, junto a Alfred Lion y su socio capitalista, el escritor, Max Margulis, como co-fundador de la compañía, el también alemán y judío Francis Wolff. A este respecto, se suele decir que Blue Note no nació en Estados Unidos, sino en Alemania, por el origen de Lion y Wolff, que desembarcaron en el continente americano huyendo del auge de Hitler y el nazismo. Lion lo hizo en 1938 y Wolff en 1939, año de la primera grabación del sello, una sesión fechada el 6 de enero con dosis concentrada de boogie-woogie a cargo de los pianistas Albert Ammons y Meade Lux Lewis. Blue Note se hacía realidad.
Ese mismo año la compañía obtiene su primer gran éxito con la grabación de una versión de ‘Summertime’ a cargo de Sidney Bechet. La producción de discos empezó siendo muy bajita, vendiéndose a un dólar y medio en tiendas como Commodore, en Manhattan, regentada por otro melómano del jazz, Milton Gabler. La pasión de Lion, Wolff y Margulis por el jazz era absoluta, planteando en sus inicios las grabaciones a altísimas horas de la madrugada, las tres, cuatro de la mañana, ya que el precio del alquiler de los estudios bajaba y se daba tiempo a los músicos a hacer sus bolos en los clubes de Harlem y de la Calle 52. El ambiente era distendido, natural, auténtico, y eso se transmitía en el resultado final. La segunda grabación, sin ir más lejos, la que tuvo lugar con el grupo Port of Harlem Six se llevó a cabo a partir de las cuatro y media de la madrugada.
Los tres fundadores de Blue Note hacían un buen equipo: Margulis, las cuentas; Lion, las producciones musicales; y Wolff, el diseño gráfico y la publicidad. Este último deja a las claras sus intenciones: «La gente decía que sólo grabábamos lo que nos gustaba, y era verdad. Sólo que yo siempre añadía tres palabras: ‘with a feeling’«. El trío llegó incluso a elaborar su propio ideario, firmando el llamado ‘Manifiesto Blue Note’: «Los discos de Blue Note están concebidos exclusivamente para servir sin concesiones a la expresión del hot jazz y el swing en general… Los discos de Blue Note identifican su impulso, no los ornamentos sensacionalistas y comerciales«. Cómo ha cambiado el cuento.
A partir de ese momento, una ilustre nómina de álbumes y autores se encargaron de lucir todo el esplendor que hoy se le concede al sello: Thelonious Monk, Bud Powell, Sonny Rollins, Horace Silver, John Coltrane, Herbie Hancock, Jimmy Smith, Art Blakey, Dexter Gordon, Joe Lovano, Lee Morgan, Eric Dolphy, Jackie McLean y un largo etcétera rematado por talentos recientes como Norah Jones, Jason Moran, Robert Glasper, Medeski, Martin & Wood, José James o Gregory Porter, entre otros.
Revolución estética en las portadas
Por supuesto el libro relata la evolución del sello conforme el jazz crece en otras direcciones, léase bebop, cool jazz, post bebop, free jazz, fusión. Hecho clave en la grandeza de Blue Note como sello resultan los diseños de las portadas de los discos, realizadas por artistas e ilustradores como Paul Bacon, John Hermansader, Gil Mellé y, principalmente, Reid Miles, al que, por cierto, a pesar de la audacia de sus creatividades, el jazz le interesaba entre poco y nada. Fue tal la revolución estética que marcaron sus diseños que el mismísimo Andy Warhol colaboró incluso en algunos álbumes de jazzistas como Kenny Burrell o Johnny Griffin.
Reid Miles introdujo numerosos conceptos estéticos que suponían una ruptura total con los diseños discográficos empleados hasta el momento, instaurando una nueva relación entre arte y fotografía y música realmente vanguardista, hasta el punto de que su influencia sigue marcando el actual trabajo de ilustradores de discos.
Decisiva en la historia de la compañía fue la llegada a finales de 1953 del ingeniero de sonido Rudy Van Gelder, para hacerse caro de buena parte de las grabaciones. Francis Wolff resumió en alguna ocasión el éxito de Blue Note aunando todas estas variables: calidad de la música e intérpretes, impecables producciones y espectaculares diseños de las portadas. La incorporación de Van Gelder, que empezó grabando a los artistas en un pequeño estudio que tenía en su casa, se traduciría en la década dorada de Blue Note, la de los años 50, registrándose en esta época hasta unas 8.000 referencias.
A través de las páginas de ‘Uncompromising expression’ también descubrimos las claves de la decadencia del sello en la década siguiente, en la que Blue Note es absorbida por Liberty Records, que cambiaría algunos esquemas de trabajo, apoyando su catálogo sobre todo en propuestas de fusión claramente comerciales.
Tas la muerte en 1971 de Wolff, y con Lion retirado por problemas de salud -morirá en 1987-, Blue Note es adquirido en los años 80 por la multinacional EMI; hecho que se acompaña de la recuperación del prestigio de la compañía. Ello obedece a la apuesta por nuevas estrellas del jazz como Bobby McFerrin, John Scofield, Michel Petrucciani o Stanley Clarke, y a la buena gobernanza de directivos como Lundvall y Michael Cuscuna. Esta suma de factores devuelve a Blue Note toda la gloria discográfica perdida, amplificada después gracias a éxitos como el que en 1992 protagonizaría el grupo US3 y su versión del famoso ‘Cantaloupe Island’ de Herbie Hancock.
Este largo y decisivo periplo jazzístico también se puede contrastar con el documental ‘Blue Note. A History of Modern Jazz’, del actor y director alemán Julian Benedikt. La cinta da cuenta de la historia de Blue Note a lo largo de 90 minutos, en los que, además de testimonios cinematográficos, se incluyen entrevistas con personajes vinculados al jazz, como el ingeniero Rudy Van Gelder, el cineasta Bertrand Tavernier, el jugador de baloncesto Kareem Abdul-Jabbar o el fotógrafo William Claxton. No obstante, la mejor lectura que puede hacerse de esta historia, evidentemente, es disfrutar de todo su catálogo.
Discos de cabecera como ‘Jazz Classics Vol.1’, de Sidney Bechet; ‘Blue Train’, de Coltrane; ‘Newk’s Time’, de Sonny Rollins; ‘The Real McCoy’, de McCoy Tyner; ‘Ethiopian Knights’, de Donald Byrd; ‘The Sidewinder’, de Lee Morgan; ‘Song for my Father’, de Horace Silver; ‘The empty Foxhole‘, de Ornette Coleman; ‘Speak no Evil’, de Wayne Shorter; ‘Out to Lunch!’, de Eric Dolphy; ‘Point of Departure’, de Andrew Hill; ‘Afro Cuban’, de Kenny Dorham; ‘Moanin’‘, de Art Blakey; ‘Back at the Chicken Shack’, de Jimmy Smith; ‘Soul Station’, de Hank Mobley; ‘Something else’, de Cannonball Adderley; ‘Destination Out!’, de Jackie McLean; ‘Maiden Voyage’, de Herbie Hancock; ‘Genius of Modern Music Vol. 1 y 2’, de Monk… La lista de joyas discográficas puede llegar a ser inacabable…
En este tiempo los recopilatorios y relanzamientos están a la orden del día, como la magnífica caja de siete discos dobles que la compañía publicó con motivo de su 60º Aniversario, ‘The Blue Note Years’, un total de 14 discos, cerca de 150 temas, más de 16 horas de música y medio centenar de jazzistas líderes.
Blue Note hoy trasciende los meros márgenes de la industria discográfica al convertirse en algo más que una marca o una patente, presente también en una amplia red internacional de clubes; se trata de una actitud ante la música que, aunque el paso del tiempo haya variado o evolucionado algunas de sus esencias, tiene que ver con el amor al buen jazz, a la buena música.
VisitáBlue Note en la web, programa de festejos por el aniversario, su historia, discografía, artístas y más…
Salute gente, como les va. Una tarde inmensa la de hoy con un otoño recien en marcha que se viene fenomenal, me dispongo a «romperla» con un trotecito largo pero me tengo que pegar la vuelta, estaba roto (menos de ahí!!) por todos lados, no hubo caso me perdí una tarde de película. Pero nos queda la reunión de ésta noche para compensar.
Arrancamos con el homenaje ritual a Michael Brecker escuchandolo desde un disco doble ganador de Grammy, al mejor disco y al mejor solo de saxo: Tales From The Hudson (Impulse! | sept 10, 1996), un discazo. Luego seguimos con la agrupación suiza AKKU Quintet desde Molecules (morpheus | enero 23, 2015) un estilo minimalista, con algo de ambient (sin llegar a serlo), con algo de rock… Interesante. Más con el último lanzamiento del fenomenal y celebrado saxofonista Rudresh Mahanthappa desde Bird Calls (ACT | feb 27, 2015) una libre interpretación sobre la música de Charlie «Bird» Parker, un álbum accesible, pero no fácil, teniendo en cuenta los anteriores registros del músico indo-norteamericano.
Tres viejas grabaciones del contrabajista noruego Arild Andersen re-editadas en un CD-Box por ECM en 2010 todas en cuarteto, Green In Blue – Early Quartets donde elegimos un tema del primer disco Clouds In My Head (Feb 1975). Otro fenomenal lanzamiento de otro saxofonista sin igual, Chris Potter Underground Orchestra con Imaginary Cities (ECM | enero 13, 2015), un Potter con cuerdas y un sonido diferente al acostumbrado, gran álbum…
Para cerrar algo de fusión con el guitarrista indonesio Dewa Budjana con Hasta Karma (MoonJune | enero 5, 2015) cuarto disco para el sello y según lo escuchado anteriormente de él, éste disco suena más maduro y no tan fusión a la vieja escuela.
Y siguiendo con el blues…
Festejamos el cumpleaños de uno de los mejores músicos de blues y rock, Eric Clapton, quien el próximo 30 de marzo cumplirá 70 años. Elegimos del último disco en estudio ERIC CLAPTON & FRIENDS – The Breeze – An Appreciation of JJ Cale, publicado el año pasado el tema 08 I Got The Same Old Blues (Feat. Tom Petty).
Seguimos con Odetta Holmes conocida como la vos de los derechos civiles, cantante, guitarrista, letristas entre otras vocaciones. Su repertorio se basó en la musica folk, el blues, el jazz y los espirituals. Su música influenció a grandes comoa Bob Dylan, Joan Baez, Mavis Staples, y Janis Joplin. Su último disco fue Looking For A Home publicado en el año 2001 del que elegimos el tema Jim Crow Blues.
Nos vamos con Lazy Jumpers una banda de Española oriunda de Barcelona con su disco debut «Somebody tell that woman» publicado (2003)el tema I’m A Man So I’m A Fool.