El jazz es saludable para el alma humana

Fuente: elpais.com
Por: Iker Seisdedos | 13/07/2008

El pianista vive uno de los mejores momentos de sus casi cincuenta años de brillante carrera. Inesperado ganador del Grammy al mejor disco del año por su álbum de homenaje a Joni Mitchell.

Herbie HancockUna reciente tarde de primavera, Herbie Hancock, leyenda del jazz y pianista extraordinario, sostení­a arqueado sobre su propio eje Memorando al futuro presidente: ¿cómo podemos restaurar el liderazgo y la reputación de América?, de Madeleine Albright. Un ejemplar dedicado. “Para Herbie. Un tipo al que ojalá los presidentes de este gran paí­s escuchasen más a menudo. No sólo su música, sino también sus opiniones acerca del jazz y de la vida en general”. Resulta que cuando Hancock está en Washington siempre se las apaña para quedar con la primera mujer en alcanzar, en 1997 y con la Administración de Clinton, la secretarí­a de Estado. Juntos, aseguró, gustan de “escabullirse a cualquier garito a escuchar buena música”.

Aquél era uno de esos dí­as del pianista en la capital administrativa del mundo, ciudad tan poco jazzí­stica como el jazz últimamente. Desde su suite se adivinaba la silueta de la Casa Blanca, una imagen que se antojaba metáfora del brillante porvenir del viejo músico, quien, parafraseando el emocionante standard, últimamente casi podrí­a en los “dí­as claros ver para siempre”. Este 2008, el pianista ha logrado un Grammy al mejor disco (a secas) del año por River: the Joni letters (Verve / Universal). Es, además de un emocionante y delicado homenaje a la cantautora canadiense Joni Mitchell, el primer disco de jazz que obtuvo el máximo reconocimiento de la industria en 44 años (Getz / Gilberto, de Stan Getz, fue el último, gracias a un fenómeno llamado The girl from Ipanema).

Estos meses han sido también los de su elección como uno de los 100 personajes más influyentes de la revista Time, o su distinción como artista del año por la Universidad de Harvard. Dos dí­as después de la entrevista ingresó como “leyenda viva” en la Biblioteca del Congreso, y en mayo, su disco Headhunters (su álbum más vendido, de 1973) fue incluido por esa institución en un lote de 25 grabaciones que “deben ser preservadas para siempre” (desde un discurso de Harry Truman de 1948, hasta el disco que se envió al espacio con el transbordador Challenger en 1977 o el Thriller de Michael Jackson).

Lo cierto es que Hancock reúne las cualidades necesarias para tanto reconocimiento. Después de todo es, muy probablemente, el artista de jazz que más muescas le ha hecho a la historia de eso que llaman cultura pop. Como decí­a la campaña publicitaria de cierta banda australiana de pop, seguramente conozca más canciones de Herbie Hancock de las que cree. Es autor de la banda sonora de Blow up (1966), obra maestra de Michelangelo Antonioni y pieza fundamental del movimiento mod. En los setenta abanderó la bastardización del jazz con Headhunters, que marcó época con su millón de copias vendidas. Y si en los ochenta popularizó el scratch, técnica empleada por los disc jockeys de rap, en Rockit, un tema que asaltó por la fuerza a la generación MTV; en los noventa vio cómo su trabajo para el sello Blue Note en los inicios de su carrera fue apropiado por el hip-hop y el acid jazz para conquistar a una nueva clase de oyentes.

De aquellos dí­as, este camaleónico artista, miembro del inolvidable segundo quinteto de Miles Davis a finales de los sesenta, acaso la mejor formación jazzí­stica en pisar la tierra, conserva las manos finas que atraí­an el foco en la elegante y lejana portada de su primer disco como lí­der, de 1962. Fue entonces cuando el mundo descubrió a un prodigioso pianista de Chicago de formación clásica. Un improvisador infatigable capaz de introducir a Debussy en el más arraigado discurso de la música negra.

Por lo demás, aún viste de oscuro y luce una envidiable forma fí­sica dos dí­as antes de su 68º cumpleaños. Mata el tiempo con revistas de divulgación cientí­fica y dobla la chaqueta del visitante como un jazzman de los de antes. Pobres, pero bien planchados.

¿Qué ha cambiado en su forma de ver el mundo, ahora que sabe que es una leyenda viva?

Nada [Carcajada]. Es muy agradable el reconocimiento que he recibido. Sobre todo lo de los Grammy, que ha sido fundamental, entre otras cosas, para darle una nueva vida comercial al disco [sus ventas se han doblado hasta alcanzar los 450.000 ejemplares]. ¿Sabe? Todo el mundo ve en este paí­s la dichosa ceremonia, igual que se ven los Oscar o la Super Bowl. Para un músico es el más grande premio dentro de los grandes premios. Todos quedaron muy sorprendidos, y más que nadie, yo mismo. ¡Gané a Amy Winehouse, que es cien veces más conocida! Pero si me lo pregunta, no sé si merezco tanta atención. Pero sí­ que el jazz la merece. Yo veo que este premio es una señal de que el jazz se hace por fin más visible en América. Lo cual es maravilloso.

Ese logro se ha atribuido muy a menudo a los “popularizadores” oficiales del género, como Wynton Marsalis, trompetista, o el documentalista Ken Burns. Quienes, dicho sea de paso, suelen contar una historia del jazz un tanto sesgada, edulcorada, por así­ decir. Puede que sí­. Lo que yo siento es que el jazz es muy saludable para el alma humana, porque va realmente de liberar almas. Es como si el espí­ritu no obtuviese satisfacción suficiente con otras formas musicales, que pueden ser maravillosas, pero, sinceramente, no le alcanzan al jazz. Todos los géneros son válidos, pero hay algo muy especial en este al que he dedicado mi vida. No va de competir, sino de confiar en ti mismo y en los músicos que te acompañan. Es una caí­da libre y necesitas compañeros en los que apoyarte. Es la música del momento y nunca juzga a nadie. No conozco a ninguna persona que se meta en esto por la fama, las joyas o las mujeres. Lo demás, aparte de esas bellas cualidades, me trae sin cuidado.

¿A qué atribuye entonces que ese reconocimiento a la expresión cultural más perdurable y original de su paí­s llegue tan tarde?

Recuerdo cuando tocaba con Miles [Davis] en los sesenta. El jazz aún era una música que se tocaba en los clubs, lejos de los grandes festivales. í‰ramos tipos con clase y hací­amos una música que no se vendí­a a nadie. Yo tení­a veintitantos años y todo era respeto. Luego, el jazz se convirtió en demasiado virtuoso. Y la gente normal lo asimiló a algo complicado. Llegó el rock and roll y se acabó la historia.

¿Tuvo que ver la irrupción del free jazz, que vino a hacer saltar todo por los aires?

Me sentí­ fascinado con aquella locura, y en cierto modo, me involucré en tocar con Eric Dolphy, por ejemplo. La banda de Miles estaba influenciada por el avant-garde y también por el free jazz.

Aunque a él todos aquellos músicos le parecieran, por decirlo de un modo suave, unos fantoches. Sí­, pero incorporó elementos de su lenguaje en nuestra música. Tampoco muchos entendí­an lo que hací­amos nosotros en aquel grupo.

¿Y usted? ¿Alcanzaba a sus 25 años a entender la importancia de aquella música?

Disfrutábamos al explorar, al meternos en áreas que nadie habí­a frecuentado. La idea de explorar nuevos territorios está aún muy presente para mí­. Incluso con River, que puede verse como un álbum más fácil de escuchar. O con el anterior [Possibilities], que fue muy criticado, porque colaboré con artistas como Christina Aguilera. Decí­an que carecí­a de un centro. Que abarcaba mucho y apretaba poco. Como si eso fuese algo intrí­nsecamente malo. Para mí­, eso es precisamente lo que hay que hacer ahora mismo. Es el signo de los tiempos que marcan las descargas digitales. Ya nadie escucha los álbumes enteros. Sólo se atiende a las canciones. Por eso hice un disco en el que parecí­a que cada tema provení­a de un disco distinto.

¿Por qué homenajea la música de Joni Mitchell, precisamente ahora, cuando el público y la industria parecen ignorarla más que nunca?

Fue una idea de Dahlia Ambach, la A&R [encargada de artistas y repertorio] de Verve. “Sé que son amigos y que la respetas”, me dijo. Me interesó el reto. Porque normalmente nunca hago caso a las canciones. Sólo a las armoní­as, a los arreglos, nunca a la letra. Las palabras no las escucho. Cuando escucho una canción, simplemente soy incapaz de asimilar las palabras. Es muy normal entre los músicos de jazz, salvo si eres Lester Young o Wayne Shorter, mi gran amigo [con él militó en la banda de Miles Davis y colabora en el disco]. Dahlia fue también la que propuso al productor, Larry Klein y ex marido de Joni Mitchell A pesar de lo cual son amigos, no se vaya a creer. Supongo que son raros en eso. Hay cosas que uno no puede evitar encontrar insoportables del otro, incluso ya divorciados. Con ellos no parece pasar.

No pretenderá hablar por su propia experiencia de consumado hombre de familia. Yo llevo cuarenta años con la misma mujer. Pero no me mire con admiración. Es simplemente la persona adecuada, ¿sabe? No tiene el menor mérito. La clave, hijo, es no hacer depender tu felicidad de la otra persona. Tu felicidad es asunto tuyo, no es trabajo del otro [risas]. Esperar que el otro te suministre felicidad es el más corto camino hacia el divorcio. Mi consejo para una relación de larga duración es: permite a la otra persona que sea lo que es. No trates de cambiarla para adecuarla a lo que tú quieres o necesitas. Deja que se desarrolle.

Además de monógamo, usted siempre ha parecido el tipo cabal, el que se mantení­a alejado de las drogas, el de las decisiones correctas?

Una imagen que, en aquella época, no era la clásica en un jazzman? No éramos ángeles, desde luego. Y no se crea, yo hice algunas de las cosas que nos tocaba hacer. Fue una época dura. Y algunos se quedaron en el camino.

¿Se hací­a difí­cil convivir con algunos de ellos? Sobre todo con los que se engancharon a la heroí­na. Muchos salieron del atolladero gracias al islam.

¿Usted nunca se convirtió? A principios de los setenta flirteé con ello. Me hací­a llamar Mwanddishi, en suajili, pero era más un gesto de solidaridad con la lucha polí­tica de la comunidad negra.

¿Cómo recuerda a la joven Joni Mitchell? ¿Fue bien recibida la cantautora rubia de folk cuando empezó a mezclarse con músicos de jazz?

Muchos, al principio, se mostraban frí­os con ella, porque la habí­an escuchado en la radio y no entendí­an qué se le habí­a perdido allí­. Era una hippy con una guitarra. Yo, personalmente, no la habí­a escuchado demasiado antes de conocerla. Nacer en 1940 es pertenecer a la generación previa al rock and roll. Es una mera cuestión de cinco años. Recuerdo que estaba haciendo su disco Mingus (1979) cuando fui a un ensayo. [El bajista] Jaco Pastorius me llamó. Ellos ya habí­an trabajado juntos antes. Dijo: “Tí­o, estamos haciendo un disco de homenaje al bueno de Charlie Mingus”. Yo pensé, ¿y esta chica para qué se mete en esta historia? Jaco me dijo: “Wayne Shorter está conmigo”. Si Wayne estaba allí­, nada malo podí­a suceder. Así­ que fui.

¿Era Jaco Pastorius uno de esos tipos incómodos a los que se referí­a antes?

Muchos eran yonquis. Jaco no era exactamente así­. Probablemente tomó heroí­na. Y cocaí­na también. Pero lo suyo era más grave. Tení­a un desequilibrio quí­mico en su cabeza. Acabó loco. Pero cuando yo lo conocí­ era un tipo muy normal. Viví­a en Florida, tení­a mujer y dos hijos, John y Mary. Era un joven marido que tocaba el bajo como los ángeles. Se enroló en Weather Report y aquél fue el mejor vehí­culo para su fenomenal desarrollo. Hací­an música asombrosa, reconocida por la crí­tica y por las audiencias de jazz. Era un público grande para un grupo como ése, pero no una gran audiencia tipo rock. Y Jaco era una estrella del rock. Sobre todo en el escenario. No obtuvo la atención que esperaba. Creo que eso minó su frágil personalidad hasta acabar con él.

Un caso muy distinto al de Joni Mitchell. Ella siempre pareció incómoda con los grandes públicos. Lo tiene todo para gustar, pero, según ella misma, su música es sólo querida por los gays y los negros. ¡Será que tiene pruebas! Puedo entender por qué lo dice. Su sentimiento es que los negros siempre entendieron mejor su música que los blancos. Alguna vez me ha contado lo que las mujeres negras le dicen por la calle, que sus letras parecen escritas por una de ellas. Que dice cosas que les llegan muy adentro. Los blancos entran en la parte más intelectual de su música, supongo, y los negros, en el alma. En cuanto a los gays, y voy a generalizar, probablemente haya un alto grado de respeto por las formas artí­sticas.

Perdone, pero todo eso, los blancos intelectuales, los negros pasionales y los homosexuales sensibles “per se”, suena a horroroso tópico. Pero es verdad. Es difí­cil explicar por qué, pero es así­.

¿Hay un reconocimiento a todos ellos implí­cito en el éxito de su disco?

Creo que sí­. No sé por qué, pero nunca habí­a pensado en ello. Pues fue saludado como “El Grammy” más adecuado para la era Barack Obama. Nadie esperaba que un negro fuese candidato en EE UU, como nadie hubiese apostado por un viejo músico de jazz para el Grammy. Ambos son signos de cambio en una América que está necesitada de pasar página.

¿Tiene que ver con asuntos raciales?

Es sólo una parte del problema. Incluye cuestiones como el color de la piel, sin duda, pero no es sólo eso. También está implicado el género. Es un buen y saludable signo. Habí­a creí­do que verí­a a una mujer presidenta, o a una candidata mujer, pero no a un negro! no, señor.

Ni siquiera cuando Jesse Jackson estuvo a punto de ser candidato en 1988! Nunca creí­ en él. Nunca me pareció trigo limpio, ni siquiera el hombre adecuado. Obama, en cambio, sí­ lo es. Pero no es por el color de su piel. Tengo muchos amigos con los que he hablado de este tema. Algunos lo apoyaron porque lo consideraban parte de los suyos. Pero otros, simplemente, aducí­an las razones que yo aduzco. Es el tipo correcto, está despertando la conciencia de un montón de votantes jóvenes. Eso es todo. Nadie lo habí­a logrado antes. Quizá sólo Kennedy. A quien yo, por supuesto, voté en su dí­a. Tení­a poco más de 20 años y me convenció.

¿Era Jesse Jackson el tipo inadecuado por demasiado beligerante, y Obama, el correcto porque representa la parte amable de las aspiraciones negras?

Creo que Jesse estaba demasiado imbricado en la comunidad negra para ser presidente de Estados Unidos. Tienes que ser un presidente para todos los americanos. Sus ideas no eran las adecuadas. Y la época, tampoco. Ha llegado la hora, por fin. Es maravilloso sentirse orgulloso de tu paí­s de nuevo.

Y el jazz? ¿Ha perdido su beligerancia?

Nunca creo que el jazz en su integridad haya sido nunca beligerante. Ha habido partes que sí­, pero… Solí­a ser una cosa que poní­a los pelos de punta a los padres y mucho me temo que hace ya tiempo que no? ¿Dónde se ha quedado esa peligrosidad? Fue airado en su momento, sí­. En los sesenta habí­a discos que representaban la protesta. Aún hoy los hay, pero son menos. En cuanto a la peligrosidad de la que habla, es cierto que el jazz se ha deslizado hacia la comercialidad. Que alguien quiera vender discos es una intención noble si lo piensas. Es cierto que las cadenas de radio con jazz auténtico están muriendo. Que los chavales lo consideran demasiado limpio y aburrido a veces. Pero no es algo que se pueda achacar a todo el jazz. No serí­a justo cargar tantos problemas derivados del smooth jazz a todos los músicos que se ganan la vida como pueden en los clubes.

¿Por qué no consiguen conectar con los jóvenes?

Estoy empezando a ver más gente joven en los conciertos gracias a programas de educación e iniciativas de ese tipo. Puede que no sea lo más beatnick del mundo, pero tampoco es intrí­nsecamente malo que se estudie el jazz en las escuelas.

Usted es probablemente el artista de jazz que más veces ha impreso su huella en la cultura pop sin traicionarse?

Es que si todos nosotros nos quedásemos en nuestra torre de marfil tocando una y otra vez Round midnight, el jazz acabarí­a muriendo. No se engancharí­an los nuevos oyentes. Los músicos se harí­an mayores y acabarí­an por desaparecer. ¿Cuál serí­a el resultado de algo así­? El jazz morirí­a sin remedio.

Lo que no parece muy probable es que personalidades tan irrepetibles como Joe Zawinul, Teo Macero u Oscar Peterson (todos ellos han muerto en los últimos meses) tengan fácil recambio. Para mí­ éstos han sido meses muy duros. Pero supongo que todo ello forma parte del proceso de hacerse viejo. Conozco esta experiencia gracias a mi padre. í‰l murió a los 90 años. Y cuando tení­a ochenta y tantos me decí­a continuamente: “Todo el mundo que conocí­, hijo, todos, salvo tu madre, están muertos”. Ella era seis años más joven que mi padre. Y él se sentí­a muy solo. Para eso, el único remedio que he hallado es la fe. Gracias a la fe budista Nichiren, que profeso desde 1972, he aprendido que es importante saber lo máximo sobre la vida y la muerte. No dejarlo para cuando ya eres mayor. Lo mejor es hacerlo cuanto antes. El nacimiento y la muerte son los mayores eventos de nuestra vida [carcajada]. Mucho más que lograr un Grammy, de eso no hay duda. Aunque mejor que ganar un premio es incluso levantarse por la mañana y respirar. Si me ofreciesen levantarme por la mañana y respirar o levantarme por la mañana y recibir un importante premio, elegirí­a lo primero sin dudarlo. [Risas]

En todo caso, no todos los músicos de jazz pueden presumir de una vejez tan dorada como la suya. El otro dí­a, durante un concierto de Billy Cobham en San Francisco, el baterí­a se mostró bastante desgraciado ante el hecho de, al término del recital, tener que vender sus discos a la entrada por sí­ mismo.

Pues yo veo la crisis como una oportunidad. Por ejemplo, mi anterior disco lo grabé con un sello que creé, de modo que el máster es mí­o. Para distribuirlo hice un acuerdo con Starbucks, con Warner Records y con otra empresa llamada Vector. Algo inimaginable hace unos años. Y si careces de un contrato discográfico puedes encontrar un montón de maneras de venderlo. El problema está, supongo, en atraer a la gente a tu web. Porque la Red está llena de gente gritando: “Yo, yo, yo”. Ahora puedes prevender un disco. Sacarle dinero a las entrevistas que incluyes en el CD extra. Es algo que nunca se les hubiera ocurrido a las discográficas. De todos modos, ésta es una época confusa. Yo aún recuerdo cuando sólo habí­a cuatro canales de televisión.

¿Es que usted no tiene enemigos? Sí­. Yo mismo [risas]. Aparte de eso, si los tuviera, mi primera pregunta serí­a, ¿de qué modo estoy contribuyendo a ello?

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