Una guitarra amiga
Por: Sandra Commisso
Fuente: clarin.com | sabado 13 set 2008
Por la cabeza de Luis Salinas pasan, uno tras otro como instantáneas, los nombres de algunos de los músicos más influyentes de las últimas décadas. «Si me pongo a pensar que me crié en una villa y después conocí más de 20 países y toqué con músicos a los que jamás me hubiera imaginado ni siquiera conocer, es demasiado», dice.
Las damas primero. Así que la primera anécdota del guitarrista involucra a Mercedes Sosa. «Cuando me convocaron para grabar con ella en el disco Corazón libre, pensé que la iba a encontrar en el estudio. Pero estaba enferma y tampoco la pude ver después durante la presentación. Así que ya me había resignado a no conocerla cuando me llamó para invitarme a cenar a su casa. Eso fue un regalo de Dios: me costó mucho dormir esa noche. Es un ser muy dulce a quien dan ganas de abrazar y a la vez, cuando te mira, sentís un peso muy fuerte en su mirada.Le conté que mucho tiempo atrás la había visto en el aeropuerto de Barajas, pero no me había animado a saludarla y me retó por eso».
Otra mujer que tuvo mucho que ver en la vida musical de Salinas es la cantante y actriz Egle Martin. Hubo una época en que por la casa de Egle pasaba, literalmente, todo el mundo. En sus comienzos, Salinas acompañaba a Egle con la guitarra y ella lo recibía en su casa junto a decenas de huéspedes. «Un día en lo de Egle suena el teléfono. Cuando atiendo y pregunto quién habla, me contestan: Dizzy Gillespie. Así lo conocí. Otra vez, llegó Hermeto Pascoal, ella lo dejó en el living y se fue a hacer otras cosas. Eramos como cinco o seis personas y Hermeto empezó a preguntar: ¿voce fuma, voce fuma?. Y nadie fumaba. Entonces agarró cuatro cigarrillos, y se los puso a fumar él, todos juntos. Otra vez, yo estaba tocando un tema de Bill Evans y de pronto siento que alguien empieza sumarse con un piano: era Hermeto. Y sentí que su sonido me abrazaba. Después, me invitó a tocar con él en un show, pero yo fui a escucharlo y no me animé a tocar, no me sentía preparado. Al otro día, Hermeto estaba enojado por eso y me retó: «Voce é un grande músico… miedoso. A partir de ahí cambié, aprendí de su libertad».
Estando en el escenario, a Salinas le tocaron espectadores de lujo, con los que muchas veces, se sintió intimidado. Luis Alberto Spinetta es uno de ellos. «Un día se apareció en el Bauen y lo tenía en primera fila gritándome Sos un manantial, sos un manantial», cuenta imitando la voz nasal del Flaco. «Después, cuando su hijo Dante me invitó a grabar en su disco, Luis cayó al estudio y cocinó para todos. Otra vez, casi me muero de vergüenza: yo fui a un recital suyo y cuando enfocan al público, el Flaco gritó: «¡Viniste!».
Del mundo del rock, Salinas recuerda un encuentro con Charly García, en el viejo Club del Vino. «Yo estaba tocando y él estaba en la barra. De pronto, me mira y me dice: «Che, ¿y vos por qué estabas en off?». Pegamos una onda muy linda y hace dos años, en Pinamar, coincidimos en el mismo lugar: él tocaba ahí porque tenía ganas. Entonces nos pidió a Javier Lozano, tecladista, y a mí que lo acompañáramos y él agarró el bajo. Yo no sabía muy bien sus temas, pero a Charly le encantó y al día siguiente nos invitó a almorzar. Me quedo con ese Charly».
Entre sus espectadores tuvo al brasileño Baden Powell («un tipo generoso que al día siguiente de escucharme estaba diciendo que había conocido a un guitarrista loco que le había encantado»), a Horacio Salgán y Ubaldo De Lio. Precisamente con los tangueros en la platea durante un recital, a Salinas se le cortó una cuerda de la guitarra. «Me acuerdo que se codeaban entre ellos. Después, Salgán me dijo: A usted le regalaron un campo. Y no se lo regalan a cualquiera».
Con ritmo a destiempo y extrema timidez, Salinas no quiere dejar a nadie afuera: nombra a Jaime Torres, a Rubén Juárez, Dino Saluzzi (parece que gruñe pero es un ser muy cálido), a Fats Fernández y Jorge Navarro y a su querido Adolfo Abalos. «Todavía sufro su pérdida. El me decía: no hay que tocar bien, hay que tocar lindo».
Y con el relato, las fronteras empiezan a ampliarse: en Cuba debutó en un escenario de la mano de Chucho Valdés; en Brasil le tocó acompañar a B.B. King y lo recuerda como una experiencia casi mística. «Los del sello Universal me ofrecieron tocar con él y yo dije que sí, pero a él no le habían dicho nada. Así que durante una prueba de sonido, me dijo: Bueno, vas a tocar el último tema y si a la gente le gusta, seguimos. Y eso, ante 5000 personas. Yo tenía pánico. Pero cuando llegó el momento, entré al escenario y sentí una paz tremenda. Me puse atrás de él y arranqué. B.B.King me miraba y me decía: Una vuelta más. Así pasaron cinco temas. Cuando terminamos, me agarró de la mano y me hizo saludar con él. Yo me fui al camarín y me puse a llorar. Después me dijo que tocaba sinceramente y que la originalidad está dentro de uno y no afuera».
Y del blues, pasa al jazz, junto a uno de sus guitarristas más admirados: George Benson. «La primera vez que lo vi fue en Buenos Aires, durante una clínica, pero yo estaba mal porque tenía a mi madre enferma y él no parecía muy interesado en conectarse con la gente. Así que me quedó un fea impresión. Unos años después, me lo crucé en un festival de jazz en Montreaux, en Suiza. Me acuerdo que iba cruzando la calle y escuché que alguien gritaba mi nombre. Era él. Esa noche lo fui a escuchar y fue un show increíble: lo fui a saludar al camarín y después me invitó a su casa en Nueva Jersey. Fue una experiencia inolvidable. A pesar de ser multimillonario es un tipo simple, familiero. Cuando llegué a la casa, lo primero que hizo fue darme una guitarra y decirme.Play. Yo me quedé duro, porque él es uno de mis ídolos. Más tarde, me llevó él mismo manejando su auto rojo a un local que conocía y me pidió que fuera tocando. Me acuerdo que en la puerta del bar, había una nena con su mamá y él sacó la guitarra e improvisó ahí para ellas. Todo fue muy impresionante. Me quedé varios días y una noche, invitó a otros músicos para una jam session y él se ocupaba de los cables, como sonidista. Y cada vez que alguien tocaba un tema de él, hacía gestos de aprobación. «El mejor músico no es el que toca mejor», me dijo, «sino el que tiene algo para decir». La estadía en lo de Benson terminó con un domingo familiar y una salida a un pub de música latina donde Benson se mezcló entre el público, como uno más. «Hasta que alguien lo reconoció y todo fue una fiesta. Al final, terminó como remisero, llevándonos de vuelta».
Salinas recuerda, se ríe, se emociona y hasta se sonroja, pensando en que muchos podrían no creerle. Pero aparecen más instantáneas, esta vez, gitanas. En una, Paco de Lucía toca en el Coliseo, en Buenos Aires y él, lo espera para saludarlo. «Cuando sale, Paco me dice: Eh, Salinas, al fin te conozco. ¿Cuándo sale tu nuevo disco? El otro ya lo tengo. Yo me quedé helado y encima eso pasó el mismo día que me enteré que iba a ser padre. No podía pedir más». En la otra, aparece el guitarrista flamenco Tomatito, durante la presentación del disco Palabra de guitarra latina en Mallorca, España. «Tenía que salir a tocar, solo, en una plaza de toros y la verdad, estaba muy nervioso. Justo antes de salir, siento que me tocan el hombro. Cuando miro, Tomatito me dice: Aunque subas solo, no estás solo». Eso está claro: Salinas y su guitarra tienen miles de amigos por el mundo.

