Jorge Navarro
Jorge Navarro ::: Enero 20, 1940

La revista Down Beat lo eligió como uno de los tres mejores pianistas de jazz del mundo.

Premio Konex de Platino 2005, Premio Konex 1995, Estrella de Mar, ACE y Quinquela Martín. Prensario lo elige como El Músico de Jazz del Año en 1977, 1980 y 1984. 

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Jorge Navarro, un maestro que puede dar cátedra de jazz, fue el adolescente que, por azar, tocó el piano acompañando a una Ella Fitzgerald que apareció after hours en el mítico club Jamaica, al que frecuentaban todas las visitas internacionales que venían a dar conciertos en el Buenos Aires de los 50. Pero sobre todo la gran lección que surge de una vida dedicada a la música es que lo más importante, más allá del estilo, los géneros, el instrumento o el lugar, lo que importa es que el músico se tome en serio su trabajo y la pase bien haciéndolo.

Nominado al Grammy latino por su ultimo disco “Jorge Navarro & amigos”, el miembro de grupos de rock y funk como La Banda (el momento de mayor popularidad de Rubén Rada) y de agrupaciones inclasificables pero más masivas como La Banda Elástica, en la que apoyaba con su piano a Ernesto Acher.

Una cualidad esencial de Navarro es su capacidad de adaptarse a los cambios de estilo e incluso de géneros musicales distintos. Su carrera está llena de casualidades providenciales, empezando por el hecho de haber aprendido a tocar el piano antes de aprender a leer, eso a pesar de que no existiera nada especial que lo haya atraído ni al teclado ni a lenguaje musical. Así lo cuenta el autor de discos de culto como “Navarro con polenta” en el diálogo con este diario: “cuando yo era chico se acostumbraba a que las nenas estudien ballet clásico y los varones algún instrumento musical. Mamá antes había sido profesora de música, pero en casa no había piano. Sí teníamos una vecina que enseñaba piano. Yo, no sé bien por qué, empecé a ir”.

Descubrimiento

Está claro que el niño Navarro aprendía rápido, pero él confiesa que no le ponía mucha garra porque las partituras clásicas que debía estudiar no lo atraían mucho. Pero entonces, un lustro más tarde, apareció la “polenta” al escuchar de forma bastante azarosa la orquesta dixie del hermano de Bing Crosby. “Esa música era tan distinta de la clásica que me enseñaba mi profesora. Me gustaba de verdad, aun sin saber qué era. Le pregunté a mi hermano mayor y él me explicó en qué consistía. Y al poco tiempo se apareció con unos viejos discos de 78 rpm de los clásicos esenciales del género. Eran cosas que la vecina no me iba a enseñar a tocar en su viejo piano vertical alemán, así que empecé a escuchar jazz. Yo ya tenía 13 o 14 años y empezaba a tocar el piano, muy bailable, tipo Benny Goodman, y de golpe ya estábamos trabajando en los bailes en clubes de barrio. Y por ahí un sábado íbamos de un club a otro a tocar en una misma noche. A veces antes de una orquesta típica. Así de golpe, estábamos tocando antes que D’Arienzo. Empece a trabajar profesionalmente como músico, y papá me compró un piano inglés vertical que me acompañó durante unos 50 años”.

El Navarro adolescente también tocaba entre las nubes de humo de los cabarets del bajo donde lo hacían grandes músicos, ya sea de jazz o de tango avant garde como Piazzolla. Ese ambiente, asegura, no le provocó ningún conflicto con su familia. “Cuando iba al Jamaica, nunca nos íbamos antes de las 4 a.m. Y claro, había señoritas que ‘servían copas’. Pero yo escuchaba a grandes músicos, sobre todo de jazz, y a veces me dejaban tocar el piano, como la noche que apareció Ella Fitzgerald en el escenario. Veía a los maestros del jazz de acá y de EE.UU., que venían seguido. Yo estaba casi seguro de que tocaban tan bien por todo lo que tomaban, fumaban o consumían a escondidas, Pasaron muchos años antes de que comprendiera que no tocaban tan bien por eso sino a pesar de eso”.

Pero la escena del jazz incluía otro ambiente menos pecaminoso, la sede central de la Asociación Cristiana de Jóvenes, de la calle Reconquista: “Los lunes a la noche se convertía en un templo del jazz, y las jam sessions podían incluir a Enrique “Mono” Villegas o más de mi generación, como Chivo Borraro, o mi gran amigo el Gato Barbieri. Ahí aprendí mucho, por ejemplo, la revolución de Miles Davis. Yo escuchaba “Kind of Blue” una y otra vez, porque necesitaba entender el piano de Wynton Kelly”.

En 1955 hubo otra revolución musical, que Navarro ignoró. “Nunca me gustó el rock, ni entonces ni nunca”, dice Navarro, quien alguna vez explicó que con Elvis primero, y con los Beatles luego, se acabó la escena del jazz y él se quedó sin trabajo. Tal vez por eso, luego de casarse con Susy –este año cumplen el 55 aniversario- optó por formar una banda ajena al jazz, “The Sound & Company” con cuatro colegas criollos con los que viajaron a los Estados Unidos:” Fueron 5 años, de 1969 a 1974, todos eramos casados y viajamos con nuestras esposas, pero yo fui el único que llevaba toda la gira completa a mi mujer, a mi hijo recién nacido. Tocamos en el Sahara en las Vegas, y en bares de Detroit o Búfalo que eran de la mafia. Hacíamos covers de canciones de la época combinando cuatro instrumentos básicos con nuestras voces, al estilo de banda para bares y hoteles”. Luego de confesar que él era una de las 4 voces, finge ofenderse y dice: ¡No, yo no canté nunca, eran unos coros de fondo!”

“En un momento mi hijo tenía que ir al colegio, y ya no dábamos más, así que separamos el grupo amablemente y nosotros fuimos a Puerto Rico. Ahí estuvimos un año y medio. Para mi fue una “saudade”, al punto de que durante todo ese tiempo jamás puse un dedo en un piano.» Lo que nos lleva a que, por sus motivos personales, cuando todos abandonaban la Argentina, Navarro llegó con su familia. Y casi inmediatamente, le ofrecieron grabar un disco instrumental de jazz rock, pero funky y nada pretencioso. Estamos hablando del álbum de culto “Navarro con polenta”, que comienza con el más asombroso cover funky de “Black Dog” de Led Zeppelin. “No me gusta el rock, y jamás me gusto Led Zeppelin, pero cuando escuché ese tema pensé que daba para hacerlo funky, de ahí salió la idea. Y ahora que lo pienso, jamás lo toque en vivo”.

El disco de 1977 es tan actual que hace poco tuvo una edición alemana en vinilo color rojo rutilante y, más increíble aún, un simple de 45 rpm del sello de culto japonés Misakatsu, que tomó dos tracks del álbum, “Funk Yourself” y “Repartamos el funky” recreando un single que nunca existió. “En toda mi vida debo haber compuesto apenas un puñado de temas, dos están en ese disco”. Uno de ellos es el antológico “Después de la polenta”, un brillante epílogo que transforma el funk en el jazz clásico al que Navarro siempre vuelve. También compuso el último track de uno de sus álbumes más exitosos, “La Banda”, liderado por Rubén Rada, con hits como “Rock de la calle”, aunque según Navarro fue un éxito desperdiciado: “no duramos ni un año, porque casi todos eran unos irresponsables”.

En cambio asegura que lo mejor, por el éxito masivo y por la felicidad general, fueron los 9 años con Ernesto Acher y los demás colegas de “La Banda Elástica”, sin que le importara que no tuviera nada que ver con los fans del jazz. “Era para el público popular en serio, y la pasábamos muy bien todo el tiempo”. Y tocar Gershwin en el Colón con orquesta dirigida por Acher fue algo serio. Pero más sencillamente Navarro confiesa la alegre sorpresa que experimentó cuando, luego de haber empezado el proyecto Gershwin con sólo dos fechas en un teatro porteño, entendió que iban a tener que poner más de 20 funciones extras tocando “Rapsodia en Blue”. Y lo que más nostalgia le da fue su dúo con el maestro jazzero Baby López Fürst, de donde surge la lección sobre no andar dando vueltas por ahí con dos pianos de cola (“en un momento pedíamos que nos esperen con los dos pianos de cola en cada lugar, pero eso nunca anduvo bien, y al final encontramos unos teclados digitales programados para sonar como un piano de cola, y no había diferencia”). El siguiente gran episodio de la biopic de Navarro es su proyecto “Jobim sinfónico” junto a Ernesto Acher y arreglos de Jorge Calandrelli. 

 

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