Entrevista a Luis Salinas

LUIS SALINAS
“Esto es lo que hay”

Presenta nuevos temas en el IFT y el primer pack de una serie con la grabación en vivo de Clásicos de música argentina. Historia, recuerdos y anécdotas en una conversación donde desnuda su pensamiento y personalidad. De Villa Diamante al latin jazz.

Fuente: www.elargentino.com | Revista Veintitres
Por: Raquel Roberti

Es una tarde gris y lluviosa en Buenos Aires, la gente pasa apurada por Corrientes, buscando un refugio, pero Luis Salinas camina pausadamente, erguido y con las manos en los bolsillos del pantalón. Disfruta del paseo y no muestra señales de molestia, ni con el agua ni con quienes lo saludan o le piden un autógrafo. “Si triunfaste como Marcela pero te llamás Susana, cuando salís a cenar con tu marido y te piden un autógrafo, puede molestarte porque dejaste a Marcela en otro lado. Si vivís un personaje estás muy cerca de la mentira”, explica este músico excepcional en un charla calma y placentera, como la fina llovizna.

Nació en Monte Grande, pasó la niñez en Villa Diamante, y ya adolescente volvió a su pueblo natal, pero si algo lo marcó desde su nacimiento fue la guitarra. Él no lo recuerda, pero cuando gateaba revoleaba todos los juguetes sin piedad, excepto una guitarrita de plástico que mantenía en un rincón. “Sigue todo igual”, dice entre risas al explicar cómo llegó a confundirse con ese instrumento a pesar de que compró el propio a sus 27 años. Para lograrlo, trabajó como sodero, en un frigorífico, y como tapicero.

Ahora tiene 52 años y un largo camino musical en el que compartió escenario y grabaciones con BB King, Tomatito, Dino Saluzzi y Chucho Valdés, entre muchos otros. En este presente cuenta que se va a España a cumplir las presentaciones pautadas, pero que vuelve rápido por dos razones. Por un lado, el viernes 24 y el sábado 25 de julio estará en el Teatro IFT con su banda (Javier Lozano en piano y teclados, Jota Morelli en batería, Matías Méndez en bajo y Pocho Porteño en percusión). Presentará temas de latin jazz y anunciará la salida de Luis Salinas en vivo. Clásicos de Música Argentina y algo más, el primer pack (DVD y dos CD) de una serie con los shows que brindó en el ND Ateneo en 2007. Por el otro, no soporta estar lejos de su hijo Juan, de diez años, del que cuenta anécdotas relacionadas con la música y dice varias veces que lo único importante es que sea feliz.

–Su mamá le decía: “Mirá que quiero un hijo feliz”, ¿por qué, qué lo contrariaba?

–Y… mi vieja es lo más grande que hay. Yo tendría doce años, y me vinieron a buscar para tocar en un cumpleaños. Al día siguiente me invitaron a otro y mi vieja, que con mi viejo y mi padrastro músicos no quería saber nada, no me dejó ir. Estaba en calzoncillos pero rompí la ventana y me escapé. Nunca más me prohibió algo, pero eso también me daba la responsabilidad de saber lo que hacía. La historia viene a cuento porque cuando empecé a viajar al centro a tocar, veía dos mundos. Uno era todo música y el otro, mi casa, de problemas económicos graves para sostener una familia con nueve hijos. Ya no trabajaba y me decía: “Tengo que hacer bailanta, cualquier cosa para ayudar”. En el medio de esas sensaciones encontradas, mi vieja se dio cuenta y me dijo: “Mirá que yo quiero un hijo feliz, ¿eh?, no quiero un hijo frustrado”. Fue como si me cayera un baño reparador.

–Música y dinero no van de la mano…

–Pocas veces lo hacen. Hay tres tipos de músicos: el que toca como trabajo, el que toca porque le gusta y el que si no toca se muere. Soy de los últimos. Por eso era tan fuerte la necesidad y al estar en ese mundo quería hacer la mejor música posible. A veces eso se contrapone con dónde está la plata.

–¿Su mamá le inculcó la cultura del trabajo?

–Si tenés una condición natural, hay dos opciones: sos un vago porque podés hacer lo que quieras, o la desarrollás para no quedarte estancado. Si hay gente que trabaja ocho horas en algo que no le gusta, ¿por qué no trabajar en lo que gusta? Lo más difícil es encontrar el camino, pero una vez que lo encontraste hay que caminar hasta donde dé. La única manera que tengo de recorrerlo es tratar de ser el mejor Salinas posible, como persona y en lo que hago. El filtro es ser buena gente, es una cuestión de sensibilidad, mejor no estar con gente que puede hacer daño. Por eso dejé de enseñar música.

–¿Cómo fue?

–Vino un pibe con su guitarra, era una bestia tocando, tenía armonía, melodía, pero no tenía ritmo, que es para la música como los pies para caminar. Fue tan duro tener que decírselo, que decidí no dar más clases… Todos tenemos derecho a tocar una canción, pero en lo profesional… un día caés en una jam session con tipos que se tocan todo y si no estás preparado, quedás en offside, te pegás un golpe bárbaro.

–¿Técnica o sentimiento?

–El sentimiento primero. El que no practica nunca toca bien el día que está bien y el que está mal no puede tocar nada. La técnica evita eso. Anthony Jackson, un bajista maravilloso y uno de los que más me gustan, decía: “Tengo que estudiar porque si toco mal me doy cuenta yo primero, después los músicos y después el público, pero lo importante es que yo me doy cuenta primero”. Si uno se guía por lo que pasa acá, puede zafar, pero ahora voy a España y por ahí cae Tomatito y si no estoy en forma… Maradona es el más grande en el fútbol, pero en el último partido no la tocó porque estaba gordo, o sea: el entrenamiento es importante. Lo único que el entrenamiento no da es la inspiración, que llega cuando quiere.

–¿Una inspiración que recuerde?

–Una noche en el Callejón de los Deseos, no había nadie pero con la banda teníamos ganas de tocar y salían pajaritos. Veíamos a un tipo que aplaudía acá, al rato desde la otra punta. Era Miguel Ángel Solá. Cuando terminamos me dijo: “Mañana te lleno el teatro”. Estaba haciendo Cartas de amor en cassette y lo llenó, nomás. Me agarró tal responsabilidad de hacerlo quedar bien que tuve el control de todo y no pasó nada. Es tan fino el hilo que separa lo técnico del sentimiento. A los músicos les pido que el momento sea único e irrepetible. La música es maravillosa y te lleva a cualquier lado sin que te des cuenta.

–¿Tanto cuando toca solo y acompañado?

–Al estar solo hay más libertad, pero al tocar con otros hay que pautar y adaptarse, es más condicionante. Con Javier Lozano tuvimos épocas donde ya nos adivinábamos pero no es fácil encontrar músicos que toquen bien todas las ondas. Tuve la suerte de viajar y tocar con especialistas de cada onda, como Omar Hakim, que es la fineza absoluta, le da al plato y es un acorde. A John Scofield le preguntaron qué era tocar con Miles, y dijo: “Es el más malo de todos, pero con la música es extraordinario”. Miles tocaba con un trío y si no lo podían seguir, bajaba el nivel para que la música sonara pero después los echaba a la mierda. Es como una conversación, a veces tirás paredes todo el tiempo, a veces no. Para lograrlo hay que ensayar tres o cuatro veces por semana, como hace Hermeto, pero acá todos trabajan y no pueden hacerlo.

–Se volcó al latin jazz, ¿es su voz musical?

–Hace muchos años les pregunté a Adolfo Ábalos y a Hermeto si no estaba abarcando mucho y apretando poco. Los dos me dijeron lo mismo; que fuera sincero, que después iría para un lado u otro. El público no tiene por qué saber de ritmo, armonía, pero sabe cuando el músico es sincero. Hice el doble de música argentina cuando el país se estaba cayendo a pedazos; después tenía ganas de guitarra eléctrica, porque la agarro y me paro, es inevitable, entonces grabamos Ahí va. Cada cosa que hice fue porque lo necesitaba y por lo tanto era mi voz en ese momento. Después de Muchas cosas quise hacer música argentina y me salió una parida de cinco discos. Iba a ser de bombo y guitarra, bien puro, pero me empezó a caer mi historia de folklore, peñas, viajes al interior, los amigos y la volqué toda en esos discos. Ahora tengo necesidad de hacer otras cosas, iba a grabar boleros y salsa con Chucho Valdés pero no salió por dinero, quiero grabar con Jota Morelli… La creación viene de la libertad.

–¿Cómo es el proceso de composición?

–Hay dos formas, Henderson armaba un ritmo y sobre eso iba, pensaba y después existía. La otra es la que te sale, es mágico. Cuando entré a Oliverio me encontré con gente como el Mono Fontana o Francisco Rivero, que hablaban otro lenguaje, más intelectual si se quiere. Rivero me acercó discos de Henderson y Gambale. Por un lado tenía lo de Atahualpa, Santana, Joe Pass, Django Reinhardt, músicos autodidactas y naturales. Y por el otro Scofield, Henderson, McLaughlin. Y claro, al tener cierta facilidad cometí el error de pensar que podía hacer cualquier cosa, estaba un poco confundido. Un día tuve que tocar entre Rivero y Daniel “Alambre” González; Francisco se tocó todo en su onda, y Alambre lo mismo en la suya, yo toqué en el medio y lo hice ¡tan mal!, porque quería tocar como los dos. Me dio vergüenza, me fui a dormir completamente deprimido. Al otro día me desperté con una melodía en la cabeza, agarré la guitarra y puse el grabador, me salió ese tema y como diez más. Era como un mensaje claro: tu lenguaje es este, eso está bueno para escucharlo, pero no es tu camino.

–Es autodidacta, ¿cómo adquirió la técnica?

–Si hablamos de la técnica de la guitarra, fue muy bueno que hasta los 27 años tocara con guitarras prestadas. Entendía que debía sacarle sonido al instrumento, que sonara lindo, de modo que fue muy bueno aprender a tocar con cualquier guitarra, porque el sonido está dentro de uno. Después los mejores maestros fueron los discos, tocar con mucha gente y sobre todo, saber escucharse. Como había acompañado a mucha gente, cuando empecé a tocar en Oliverio no podía parar, y encima escuchaba a Charlie Parker, Coltrane, todos esos tipos. Estaba en un ataque y no podía parar, incluso hubo algunas críticas por eso, pero en ese momento el comentario de Benson fue: “¡Qué de cosas tiene para decir este chico!”, como diciendo que con el tiempo… es un paso para llegar a lo otro. Esa es mi escuela, y practicar lo que no me sale.

–¿La guitarra es un embrujo, como dice Tomatito?

–Si tengo una cita y agarro la guitarra, llego tarde seguro. Pero tiene que estar fuera del estuche, hay una relación física con el instrumento. Una cuestión importante es no dejarse llevar por las modas sino tocar lo que a uno le gusta. La primera vez que lo vi a Benson me pidió que tocara algo, imaginate los nervios, que uno de tus ídolos te diga eso… Éramos tres, Dizzie, Benson y yo. Me salió un tango y no me acuerdo lo demás, hasta que me pidió que tocara temas suyos; cuando hacía una frase bien aprendida le resultaba simpático, pero cuando dentro de esa onda me salía algo diferente, me señalaba con el dedo, asombrado. Es como mirar a los ojos a alguien, es decirle: “Esto es lo que hay”. Parece una debilidad pero es un acto de valentía, porque a alguna gente le gustará y a otra no. En Oliverio había tocado con Gambale, la gente iba a escuchar lo rápido, y cuando presenté el primer disco, sin pre-producción, a muchos no les gustó porque no era lo que escuchaba. Después la historia te juzga. ¿Viste cuando te preguntan qué pondrías en tu epitafio? Bueno: “Era un tipo que quiso hacer siempre lo que sentía”. A veces acertás, a veces no.