Astor Piazzolla ::: Marzo 11, 1921

Astor Piazzolla ::: Marzo 11, 1921

Astor Piazzolla
Astor Piazzolla  :::  Marzo 11, 1921
 

Astor Pantaleón Piazzolla nació el 11 de marzo de 1921 en Mar del Plata, Argentina, hijo único de Vicente «Nonino» Piazzolla y Asunta Mainetti. En 1925, la familia se traslada a la ciudad de Nueva York hasta 1936 con un breve regreso a Mar del Plata en 1930. En 1929, cuando Astor tiene 8 años, su padre le da su primer bandoneón que había comprado en una casa de empeños por 19 dólares. Astor estudia el bandoneón durante un año con Andrés DÁquila y hace su primer disco, Marionette Spagnol; un disco de fonógrafo (no comercial) en el Radio Recording Studio de Nueva York el 11/30/1931.

En 1933 estudia con la pianista húngara Bela Wilda, discípula de Rachmaninov, y de quien Astor más tarde diría:»Con él aprendí a amar a Bach». Poco después conoce a Carlos Gardel, que se convierte en un buen amigo de la familia y con quien participa en la película «El Día Que me Quieras», interpretando un breve papel como periodista. Este largometraje desempeña un papel monumental en la historia del tango.

En 1936 regresa con la familia a Mar del Plata, Argentina para siempre, donde Astor comienza a tocar en algunas orquestas de tango. Es aquí donde hace su segundo gran descubrimiento (después de Bach con Bela Wilda), cuando escucha el sexteto de Elvino Vardaro en la radio, Elvino se convierte más tarde en violinista de Astor. Esa forma alternativa de interpretar el tango le conmueve profundamente y se convierte en un admirador de Elvino. El amor de Astor por el Tango, y especialmente por ese estilo de tango, lo toca profundamente y le da el valor de mudarse a Buenos Aires en 1938. Sólo tenía 17 años. Toca en algunas orquestas de tango de segunda categoría hasta 1939, cuando realiza su sueño de tocar el bandoneón dentro de una de las más grandes orquestas de tango de la época: la orquesta Aníbal Troilo. Pichuco «fue uno de los mejores bandoneonistas y Astor siempre lo consideró uno de sus maestros.

En 1933 estudia con la pianista húngara Bela Wilda, discípula de Rachmaninov, y de quien Astor más tarde diría:»Con él aprendí a amar a Bach». Poco después conoce a Carlos Gardel, que se convierte en un buen amigo de la familia y con quien participa en la película «El Día Que me Quieras», interpretando un breve papel como periodista. Este largometraje desempeña un papel monumental en la historia del tango. En 1936 regresa con la familia a Mar del Plata, Argentina para siempre, donde Astor comienza a tocar en algunas orquestas de tango. Es aquí donde hace su segundo gran descubrimiento (después de Bach con Bela Wilda), cuando escucha el sexteto de Elvino Vardaro en la radio, Elvino se convierte más tarde en violinista de Astor. Esa forma alternativa de interpretar el tango le conmueve profundamente y se convierte en un admirador de Elvino. El amor de Astor por el Tango, y especialmente por ese estilo de tango, lo toca profundamente y le da el valor de mudarse a Buenos Aires en 1938. Sólo tenía 17 años. Toca en algunas orquestas de tango de segunda categoría hasta 1939, cuando realiza su sueño de tocar el bandoneón dentro de una de las más grandes orquestas de tango de la época: la orquesta Aníbal Troilo. Pichuco «fue uno de los mejores bandoneonistas y Astor siempre lo consideró uno de sus maestros.

Astor siente la necesidad de avanzar musicalmente, y ya siendo el arreglista de la orquesta de Troilo, comienza sus estudios musicales con Alberto Ginastera en 1941, y más tarde en 1943 estudia piano con Raúl Spivak. En 1942 se casa con Dedé Wolff y de este matrimonio tiene dos hijos: Diana en 1943 y Daniel en 1944. Sus obras son demasiado avanzadas para el tiempo y Troilo las edita para no asustar a los bailarines. En 1943 comienza sus obras «clásicas» con la Suite para Cuerdas y Arpas y en 1944 deja la orquesta de Troilo para dirigir la orquesta que acompaña al cantante Francisco Fiorentino, hasta 1946, año en que forma su primera orquesta, que se disuelve en 1949. Con esta orquesta, con una formación similar a las otras orquestas de la época, comienza a desarrollar sus impulsos creativos con sus obras y orquestas de gran contenido dinámico y armónico. Ese tango, del joven y atrevido director, más moderno y diferente, comienza a suscitar las primeras controversias entre los tangueros tradicionales. En 1946 compone «El Desbande», considerado por Piazzolla como su primer tango formal, y poco después comienza a componer partituras musicales para películas.

En 1949 siente la necesidad de disolver la orquesta y separarse del bandoneón, y casi abandona el tango. Busca otra cosa, un destino diferente. Continúa sus estudios de Bartok y Stravinsky, estudia dirección de orquesta con Herman Scherchen, escucha mucho jazz. Su búsqueda de un estilo se vuelve obsesiva, anhela algo que no tiene nada que ver con el tango. Todo era un desastre y Astor decide dejar el bandoneón para dedicarse a escribir y continuar sus estudios musicales. Tiene 28 años.

Entre 1950 y 1954 compone una serie de obras, claramente distintas a la concepción del tango de la época, y que definen aún más su estilo único: Para lucirse, Tanguango, Prepárense, Contrabajeando, Triunfal, Lo que vendrá. En 1953 presenta la obra «Buenos Aires» (tres piezas sinfónicas) compuesta en 1951 para el concurso Fabien Sevitzky. Piazzolla gana el primer premio y la obra es interpretada en la Facultad de Derecho de Buenos Aires por la orquesta sinfónica de «Radio del Estado» con la adición de dos bandoneones y bajo la dirección del propio Sevitzky. Es un verdadero escándalo, al final del concierto se produce una pelea generalizada debido a la fuerte reacción de algunos miembros del público que consideran indignante incluir al bandoneón en el escenario «culto» de una orquesta sinfónica. Uno de los premios que ganó en este concurso de composición fue una beca del gobierno francés para estudiar en París (donde va en 1954), con Nadia Boulanger, considerada entonces la mejor educadora del mundo de la música. Al principio, Piazzolla intenta ocultar su pasado tanguero y su trabajo de bandoneón, pensando que su destino está en la música clásica. Esta situación se remedia rápidamente cuando le abre el corazón a Boulanger y toca su tango «Triunfal» para ella. A partir de entonces recibe una recomendación histórica:»Astor, tus obras clásicas están bien escritas, pero el verdadero Piazzolla está aquí, nunca lo dejes atrás» Después de este episodio, Piazzolla vuelve al tango y a su instrumento, el bandoneón. Lo que antaño fue una elección entre la música sofisticada o el tango, ahora sería música sofisticada y tango, pero de la manera más eficiente: trabajar la estructura de la música sofisticada con la pasión del tango. En París, compone y graba una serie de tangos con una orquesta de cuerdas y comienza a tocar el bandoneón de pie, pone una pierna en una silla, un rasgo que lo caracterizaría en la escena musical (la mayoría de los bandoneonistas tocan sentados). Cuando Piazzolla regresa a Argentina (1955) continúa con la orquesta de cuerdas y forma un grupo, el Octeto Buenos Aires, que es el inicio de la era del tango contemporáneo. Con un maquillaje de dos bandoneones, dos violines, contrabajo, violonchelo, piano y guitarra eléctrica, produce obras innovadoras e interpretaciones que rompen con el tango clásico, rompe con el molde original de una «orquesta tipica» y crea música de cámara en su lugar, música sin cantante ni bailarín. Continúa su revolución personal y continúa generando odio entre los tangueros ortodoxos, convirtiéndose en blanco de una crítica muy malvada. No se balancea y sigue por el camino que más que nunca ha considerado suyo, pero los medios de comunicación y los sellos discográficos lo convierten en una batalla cuesta arriba.

En 1958 disuelve el octeto y la orquesta de cuerdas y vuelve a Nueva York para trabajar como arreglista. Entre 1958 y 1960 trabaja en Estados Unidos, donde experimenta con el Jazz-Tango con resultados negativos y donde, debido a la muerte de su padre en octubre de 1959, escribe mientras está en Nueva York su famoso «Adiós Nonino». A su regreso a Argentina, crea el primero de muchos quintetos famosos, tocando el New Tango (bandoneón, violín, bajo, piano y guitarra eléctrica). El quinteto fue la formación más querida de Piazzolla; la síntesis musical que mejor expresaba sus ideas.

En 1963 estrena bajo la dirección de Paul Klecky:»Tres Tangos Sinfonicos» (Premio Hirsch) y en 1965 realiza dos de sus discos más importantes: Piazzolla en el Philarmonic Hall de Nueva York, que cuenta con las obras que interpretó en un concierto en la sala con el quinteto en mayo de 1965; y «El Tango», de valor histórico, producto de su amistad con Jorge Luis Borges. En 1966 deja Dedé Wolff. En 1968 comienza una extensa colaboración con el poeta Horacio Ferrer, con quien compone la «operita» María de Buenos Aires; iniciando un nuevo estilo: el tango. En esa época comienza a salir con la cantante Amelita Baltar.

En 1969, junto a Horacio Ferrer, compone «Balada para un loco», presentado en el Primer Festival Iberoamericano de Música, donde obtiene el segundo lugar. Este trabajo resultó ser su primer éxito popular, estrenado por Amelita Baltar con Piazzolla al frente de la orquesta. En 1970 regresa a París donde, con Ferrer, compone el oratorio «El Pueblo Joven», cuyo estreno tuvo lugar en 1971 en Saarbuck, Alemania. Ese mismo año forma el Conjunto 9, actuando en Buenos Aires e Italia donde graba numerosos espectáculos para la RAI. Este grupo era como un sueño para Piazzolla: la formación de música de cámara perfecta que siempre quiso y para la que compuso su música más elaborada, pero la imposibilidad económica de mantener el grupo unido llevó a su disolución.

En 1972 actúa por primera vez en el Teatro Colón de Buenos Aires, compartiendo cartel con otras orquestas de tango. En 1973, tras un período de gran productividad como compositor, sufre un infarto que le obliga a reducir sus actividades artísticas. Ese mismo año (1973) decide trasladarse a Italia donde inicia una serie de grabaciones que se extienden a lo largo de 5 años, siendo la más famosa «Libertango», obra ampliamente aceptada en la Comunidad Europea. Durante estos años forma el «Conjunto Electrónico»: un octeto compuesto por bandoneón, piano eléctrico y/o piano acústico, órgano, guitarra y bajo eléctrico, batería, sintetizador y violín, que más tarde fue sustituido por flauta o saxofón. Posteriormente, en 1975 José A. Trelles se incorpora como cantante con una formación que alterna entre músicos argentinos y europeos. Este grupo no tenía nada que ver con los anteriores, y muchos consideraban este cambio como un acercamiento al jazz-rock: pero según Piazzolla,»Esa era mi música, tenía más que ver con el tango que con el rock» En 1974 se separa de Amelita Baltar. Ese mismo año graba con el saxofonista Gerry Mulligan un gran disco: Summit, con una orquesta italiana. La música que Piazzolla compone para este disco se caracteriza por la exquisita melodía del bandoneón y el saxofón sobre una base rítmica. Aníbal Troilo muere en 1975 y Piazzolla compone la «Suite Troileana» en su memoria, una obra en cuatro partes, que graba con el Conjunto Electrónico, con A. Agri tocando el violín.

En 1976 conoce a su última esposa, Laura Escalada. En diciembre del mismo año realiza un extraordinario concierto en el teatro Gran Rex de Buenos Aires, donde presenta su obra «500 motivaciones», escrita especialmente para el Conjunto Electrónico. En 1977, interpreta otro concierto memorable en el Olympia de París, con una formación similar a la de antes, pero con músicos más cercanos al rock. Esta es la última vez que tiene un grupo «eléctrico». Piazzolla lamentablemente deja de hacer referencia al sonido internacional de Chick Corea y aunque el Conjunto Electrónico hace buena música, no la considera la verdadera Piazzolla. En 1978 nace la segunda encarnación del quinteto, la que daría renombre mundial a Piazzolla. Reanuda también su dedicación a la música de cámara y a las obras sinfónicas.

Los próximos diez años son los mejores para Piazzolla en cuanto a su popularidad se refiere. Intensifica sus conciertos en todo el mundo: Europa, Sudamérica, Japón y Estados Unidos. Durante un período que se prolonga hasta 1990 realiza una serie de conciertos principalmente con el quinteto, y también como solista sinfónico y como músico de cámara; y en sus últimos años con su último grupo, el sexteto y los cuartetos de cuerda.

Hay muchas grabaciones en vivo de los numerosos conciertos, muchos de ellos en CD. Esto prueba de alguna manera lo que se dice con frecuencia: la música de Piazzolla no existe a menos que la interprete; su interpretación es un testamento del estilo, que podríamos definir como la estética de un estado de ánimo musical. En 1982 escribe «Le Grand Tango» para violonchelo y piano, dedicado al violonchelista ruso Mtislav Rostropovitch y estrenado por él en 1990 en Nueva Orleans. En junio de 1983 realiza uno de los mejores espectáculos de su vida: un programa dedicado a su música en el Teatro Colón de Buenos Aires, el gran escenario de la música clásica en Argentina. Para la ocasión reagrupa el Conjunto 9 y toca en solitario con la orquesta sinfónica dirigida por Pedro I. Calderón, interpretando el bello «Concierto para bandoneón y orquesta».

En 1984 toca con el cantante Milva en los Bouffes du Nord y en Viena con el quinteto donde graba un álbum en directo «Live in Wien». En 1985 es nombrado ciudadano excepcional de Buenos Aires y estrena el concierto para bandoneón y guitarra: Homenaje a Lieja, bajo la dirección de Leo Brouwer en el Quinto Festival Internacional Belga de Guitarra.

En 1987 graba con la orquesta de San Lucas dirigida por Lalo Schifrin, el «Concierto para bandoneón» y «Tres Tangos» para bandoneón y orquesta. El concierto que tiene lugar en 1987 en el Central Park de Nueva York ante un público masivo, es una experiencia rejuvenecedora para Piazzolla. La ciudad donde pasó su infancia, donde quedó fascinado por la música de Bach y Jazz, y donde fracasó en 1958, finalmente presta atención a su música. Los discos editados en Estados Unidos a finales de los 80 documentan su vida: Tango Zero Hour, Tango Apasionado, La Camorra, Five tango Sensations (con el cuarteto Kronos), Piazzolla con Gary Burton, etc. En 1988, pocos meses después de grabar lo que sería su último disco con el quinteto (La Camorra), se somete a un bypass cuádruple. Poco tiempo después, a principios de 1989, comienza lo que sería su último grupo: el New Tango Sexteto de características inusuales: dos bandoneones, piano, guitarra eléctrica, bajo y violonchelo. Con este grupo, en junio de 1989 toca en el Teatro Opera de Buenos Aires en lo que sería su último concierto en Argentina y comienza una extensa gira por Estados Unidos, Germnay, Inglaterra y Holanda. A finales de 1989 disuelve su grupo y continúa tocando solo con cuartetos de cuerda y orquestas sinfónicas. Hasta el 4 de agosto de 1990, en París, cuando sufre un derrame cerebral. Después de casi 2 años de sufrir las consecuencias de este incidente, muere en Buenos Aires el 4 de julio de 1992. Su obra, compuesta por más de 1000 obras, una carrera característica y un indudable sabor argentino, sigue influyendo en los mejores músicos del mundo de todas las generaciones. Por ejemplo, el violinista Gidon Kremer, el violonchelista Yo-Yo-Ma, el cuarteto Kronos, los pianistas Emanuel Ax y Arthur Moreira Lima, el guitarrista Al Di Meola, los hermanos Assad y numerosas orquestas de cámara y sinfónicas. Una carrera caracterizada por su fuerza estética y su estilo único, casi en una liga propia. Su música es inigualable; cuando la escuchamos nos vemos obligados a cuestionar las raíces y decir:»Esto es Piazzolla». Se trata del «lenguaje» que él creó, que es único y puede ser identificado como suyo y sólo suyo. Con elementos heterogéneos y rebeldes (Jazz, música clásica, experimentos sonoros) produjo una música única bajo el drástico pulso de su tango.

 

Con olor a Tango y no a Jazz

Astor PiazzollaEl gran Astor Piazzolla cumpliría hoy 90 años… Personaje cosmopolita, ciudadano del mundo desde corta edad, fué lejos de casa donde cayó después de tantísimas luchas simpre victorioso, para perder ésta última falleciendo en Buenos Aires el 4 de julio de 1992. Leyendo una reflexión de Astor me viene a la mente nuevamente una ligera asociación, ya comentada en otra entrada, con el gran Don Ata también caído lejos de casa. Y que al igual que Piazzolla dejó tras de sí una leyenda que ni el más tempestuoso de los tiempos ni nuestro deporte preferido, El Olvido, podrán opacar. De mundos diferentes, el tango y el folklore, pero profundamente conectados como lo estuvo Piazzolla con el jazz, o el jazz con Piazzolla como parece haber sido la dirección que tomara el flujo principal del fuerte vinculo desarrollado entre ambos.

Piazzolla reflexionaba así sobre los tres movimientos: «El tango diría que es casi como el jazz, tiene misterio, profundidad, dramatismo. Es religioso, puede ser romántico y puede alcanzar una agresividad que el folklore nunca podría tener, salvo la chacarera. Cuando empezamos con el octeto, por ejemplo, parecíamos salidos de un grupo de combate. ¡Eramos ocho guerrilleros subidos al escenario!».

Tanto Astor como por ejemplo Charlie Parker, Dizzie o Miles debieron calzarse los guantes para sobrevivir (de hecho Miles hacia guantes), no me lo imagino a Yupanqui probandose guantes, pero si coincide con el resto con éso del misterio, profundidad, dramatismo, romantisimo, religiosidad y poesia…

El jazz vino hacia él siendo muy pequeño, a los cuatro años su familia se mudó a Nueva York, a un barrio violento según recordaba Astor, pero al mismo tiempo muy musical, muy jazzero, pero el flechazo fatal lo recibió estando en París al escuchar al saxofonista Gerry Mulligan… «Cuando fui a París, dos cosas me abrieron literalmente la cabeza: una, estudiar con la Boulanger, haber encontrado en ella la confirmación de un camino a seguir; la otra, escuchar a Gerry Mulligan y su grupo, esto me volvió completamente loco, percibí la felicidad que había en ese escenario»

Y la relación fue creciendo de amor a primera vista a pareja estable y como sucedió siempre fué el jazz quién se acercó al maestro buscando aprobación, anuencia, y con intenciones nada discimuladas de reverencia y admiración. Suman una buena cantidad de ediciones homenaje a su música, no todas a la altura de lo merecido por el genial músico, como los homenajes a la memoria y legado del Maestro que se programaron para éstos días.  Uno de ésos homenajes proviene de primera mano, de la de uno de los integrantes del mítico quinteto de Piazzolla, el pianista Pablo Ziegler.

Pablo ZieglerSiguiendo los pasos de su maestro se radica en Nueva York donde continúa la obra iniciada por Piazzolla con notable jerarquia… “Astor quería tener una apertura hacia la improvisación pero que, en vez de irnos para el lado del jazz, nos fuéramos para el lado del tango. Por eso al vibrafonista Gary Burton (que grabó dos discos con Piazzola) le cuesta mucho el repertorio de Piazzolla, pero lo hace bien. En realidad él se cuelga del quinteto de Astor porque a pesar que es uno de los mejores vibrafonistas, tuvo que aprender a tocar tango con nosotros y cada vez que viene aprende un poco más», comentó el pianista.

Continúa Ziegler: “…lo que Piazzola logró, yo lo fui replicando con mis músicos y así se fue armando una apertura hacia otro lugar del tango, algo que suena contemporáneo, y tiene que ver con la Buenos Aires de hoy”. Ziegler enfatizó que el secreto es no caer en la improvisación jazzera, sino que “el secreto es improvisar con lenguaje tanguero.»

El pianista rendirá su homenaje hoy, mañaña viernes y el sábado en el Centro Cultural Torcuato Tasso (Buenos Aires) desde las 22, con un trío que incluye al bandoneonista Walter Castro y al guitarrista (eléctrico) Armando de la Vega.

Radiografia de un incomprendido

Más que una mera recopilación de anécdotas biográficas, un estudio sobre el músico marplatense traza una radiografía de la producción cultural argentina de buena parte del siglo XX.

Piazzolla. El mal entendido
Diego Fischerman  | Abel Gilbert
Edhasa | 408 pags.  | $59

Fuente: www.revistaenie.clarin.com
Por: Guido Carelli Lynch

«Que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que pertenecieron a un tercero, es una paradoja evidente. Ejecutar con despreocupación esa paradoja es la inocente voluntad de toda biografía», escribe Borges en su Evaristo Carriego, tal cual lo citan Diego Fischerman y Abel Gilbert en el epílogo de su monumental biografía sobre Astor Piazzolla. Pero así como el Carriego de Borges en realidad quiere ser una estética del mejor escritor argentino, el flamante Piazzolla. El mal entendido (Edhasa) es algo más –mucho más– que una recopilación de datos biográficos. La pretensión de ambos autores queda saldada en el subtítulo –Un estudio cultural–, clave para leer las casi cuatrocientas páginas que escribieron a cuatro manos durante casi cinco años estos dos melómanos y, a la vez, una marca de la ausencia de esa clase de estudios en el país. Es que el libro de estos dos amigos además de descubrir mitos y verdades acerca del bandoneonista que, al igual que Borges, instituyó sistemas de lectura y una genealogía propia a partir de recortes arbitrarios, también traza e interpreta un mapa de la producción cultural argentina durante el segmento convulsionado de la historia que le tocó vivir a Piazzolla, sin el cual jamás hubiera podido convertirse en tamaño músico.

«Nuestro libro viene a ocupar un lugar completamente yermo, ojalá que sea el comienzo, o que se inserte en la corriente y que ayude y que acelere otros estudios, porque éste es un país que produce mucha música», explica el músico, periodista y verborrágico Gilbert después de aseverar que la intelectualidad argentina y la literatura casi no repararon en el lenguaje musical. Fischerman escucha atento, antes de ensayar otra posible respuesta. «El libro termina queriendo ser más una biografía de los estilos de Piazzolla que de Piazzolla mismo. No nos pareció interesante decir cómo se llamaba el perrito de Piazzolla, pero sí nos interesaba saber qué música escuchaba cuando tenía ese perrito. El libro no quiso ser una biografía en el sentido estricto de contar las contingencias de vida del personaje, lo que pasa es que por las carencias de otros trabajos tuvimos que agregar ciertos datos. Este libro corrige errores que estaban transmitidos de boca en boca y que nosotros podemos justificar que son falsos. Queremos que sea un servicio para los futuros investigadores», termina Fischerman. Los dos están expectantes con la repercusión del libro, no por los elogios: en verdad quieren discutir, polemizar. Esperan ansiosos que alguien recoja el guante.

-¿Cómo fueron planteando las diferentes hipótesis alrededor de Piazzolla y su música?

Abel Gilbert:–Pensalo como una novela policial, hay un enigma y tenés certezas que te llegan, y poco a poco tenés que conformar un itinerario. El primer camino nos llevaba contra un pared. El segundo también. Y así…

Diego Fischerman:–Voy a decir una cosa más concreta. Si tuviera que hacer el making off del libro, podría agarrar las boletas de teléfono y ver cuántos llamados hay de teléfonos a cada uno, los emails cruzados y las boletas de café. Lo primero que todos los entrevistados te dicen es lo que ya te dijeron o lo que otro dijo. Como el mito de sus clases con (Nadia) Boulanger, por ejemplo.

AG:–Claro, con Boulanger, por ejemplo: ¿qué estudió? ¿Cuánto estudió? Fueron sólo 12 clases y sabemos que en la primera clase se presenta, la segunda se va, después hace un ejercicio de contrapunto de primera y segunda especie que es lo que hacen en tercer año de cualquier conservatorio. Pero ahí la pregunta pasa a ser «¿por qué Piazzolla necesitaba ampararse en Boulanger? ¿Su música no lo necesitaba?» Cuando Piazzolla dice: «Yo para Boulanger era el bocho sudamericano». ¿Qué está diciendo con eso? Pero no tiene sentido detenerse en el sentido del criterio de verdad porque en Piazzolla te lleva a un callejón sin salida. Su música tiene un poder en sí mismo que permite concentrarte sólo en ella.

¿De todos, cuáles son los elementos biográficos y las circunstancias que convierten a Piazzolla en un punto de inflexión?

AG:–El hecho de haber tenido su educación sentimental en Manhattan es crucial. El hecho de tener una enorme instrucción, una melomanía, digamos, que lo distinguía de un mundo tan localista como el tango, porque él era un cosmopolita esencialmente. Yo creo que tenía muchísima conciencia, que era un tipo muy moderno, que pensaba la modernidad en su sentido más amplio, y que en sus hallazgos tenía una sensación de certeza única, en medio del contexto de una Argentina muy autoritaria, casi insular en la distancia con los centros de irradiación.

DF:–Piazzolla escucha lo que otros no están escuchando en un momento particular en el que además, la avidez de cierto público está necesitando un discurso musical diferente. Esto, por otra parte, en un país donde todo el eje de la nacionalidad es muy fuerte en la discusión. Si Borges es un escritor inglés o es argentino, todo esto que en otros países nadie le da importancia, acá era muy importante. En ese sentido Piazzolla entra, a finales de los 50, exactamente en el momento en que podía entrar, exactamente con el grado de novedad que podía tener. Y además, la música de él, por factores que son totalmente impredecibles, entre ellos, como decía Abel, el haber crecido en Nueva York, y el tener un registro aunque fuera inconsciente del swing , que no suena a operación matemática, lo hacen distinto.

-De todos los momentos que registran de la vida y la música de Piazzolla ¿cuál es para ustedes el más importante, el más revolucionario?

AG:–Para nosotros el gran Piazzolla es el que va de 1958 a 1966 más o menos, pero ese Piazzolla se entiende mejor si se va a la raíz y se sigue qué tipo de lógicas lo fueron construyendo. No sale de un repollo, es el cruce de muchas experiencias y permite entender cómo su plenitud se registra en un momento particular de la modernidad cultural argentina y mundial.

DF:–Si antes, con el tango, tenía un dialecto propio dentro de un lenguaje colectivo, en 1966 crea una música como la crea Miles Davis, como la crea Tom Jobim, como la crean los Beatles. Es una música que claramente no existía en el mundo, no es un matiz sobre una música preexistente, es una música nueva. En ese momento hay un efecto de novedad y de sacudir el espectro musical que es impresionante. En 1966 no existía esa música instrumental con ese nivel de desarrollo, de belleza, de desafío al oyente, de matices de planos de significados. Si escuchás los primeros discos de quinteto en 1963, en vivo en Radio Municipal, y te fijas qué pasaba en el mundo en ese momento, los Beatles estaban empezando, los Stones, también, con canciones lindas pero muy simples. En el jazz había cosas más sofisticadas, tal vez, pero Piazzolla aparece acá, en un lugar del mundo aislado, aparece esto y es absolutamente fenomenal.

Nadia Boulanger, Alberto Ginastera, Igor Stravinski, George Gershwin, Aníbal Troilo, Gardel, Charlie Parker, Borges, Perón, Onganía, Astiz. El libro de Fischerman y Gilbert combina una batería de nombres que forjan el cambalache del siglo XX, que atraviesan a Piazzolla, pero también fundamentalmente a los propios autores, que ya sin tiempo, advierten: «(En su discurso político) Piazzolla es una metáfora de la clase media, por sus ambigüedades y ésta es una biografía personal de cada uno para poder reordenar nuestro itinerario como melómanos, como argentinos. Es también nuestra biografía».